Un dedal lleno de amargura por la corrupción de un amigo que te vende por treinta monedas de plata. La venta de la amistad. Unas lágrimas de arrepentimiento por haber mentido y negado al amigo. Una condena vil y falsificada en sus pruebas y en sus testigos. Una palangana en la que lavarse las manos para disimular la culpabilidad del que no hace mal, pero deja de hacer el bien. Y la tortura y la muerte como horizonte, haciendo gritar al inocente que acepta su morir supliendo a los culpables. Una muerte, un sepulcro, un silencio y una madre que se siente sola.
Sería una tragedia si acabara ahí. Pero el drama de Jesús no fue tragedia. Dios lo resucitó. La vida venció a la muerte. Y, como un símbolo, la primavera nos recuerda que Cristo no es un recuerdo muerto, sino una experiencia viva, una vida plena y verdadera que nos vivifica a todos si dejamos que nuestra libertad lo acepte. La salvación es don, no obligación. Pero, ¿quién ve a Dios y no le ama?, que diría el refranero…
Necesitamos esta catarsis anual que nos sitúe adecuadamente en la existencia. Donde el perdón tenga la última palabra y se rompa el ciego circuito de la venganza. Guardemos la espada, y no seguemos la vida del hermano manchando nuestras manos con una sangre inocente. No te digas a ti mismo que yo no he sido, porque sí que hemos sido nosotros los que hemos llenado el suelo de bombas lapa de indiferencia mutua. Y otros mueren, o viven muriendo por una culpa compartida.
La noche se rompe con la luz de la Resurrección.
No toco acabó en la muerte.
Hay esperanza.
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