Hoy el dolor ha entrado en nuestra casa. No como una idea, sino como una ausencia concreta: la de Vanesa. Joven, compañera, madre, profesional comprometida, parte viva de esta comunidad que es Cáritas Diocesana de Tenerife.
Nos duele su muerte porque es injusta a nuestros ojos. Porque llega demasiado pronto. Porque deja una vida abierta, una historia que no ha podido terminar de escribirse. Nos duele también porque quienes trabajamos acompañando el sufrimiento ajeno sabemos, quizá mejor que nadie, que hay dolores que no se pueden gestionar, ni programar, ni resolver. Solo se pueden compartir.
Vanesa fue más que una técnica en proyectos como Atacaite y Ciprés. Fue presencia, cercanía, cuidado, escucha. Fue de esas personas que hacen que una institución no sea solo una estructura, sino un rostro; no solo un servicio, sino un lugar humano. En su trabajo diario se transparentaba lo mejor de Cáritas: la atención a los más vulnerables, el respeto por cada persona, la convicción de que nadie es un expediente, sino una historia sagrada.
Su enfermedad nos enfrenta al misterio. A ese límite donde se rompen nuestras explicaciones, nuestras lógicas, incluso nuestras palabras religiosas. Y quizá la fe empieza precisamente ahí: no cuando entendemos, sino cuando confiamos; no cuando tenemos respuestas, sino cuando nos atrevemos a poner la vida —y también la muerte— en manos de Dios.
Creemos en un Dios que no juega con el sufrimiento, que no envía la enfermedad, que no se complace en nuestras pérdidas. Creemos en un Dios que acompaña, que llora con nosotros, que sostiene lo que se derrumba, y que ve más de lo que nosotros vemos. Un Dios que entiende lo que para nosotros es incomprensible.
Hoy como comunidad no estamos llamados a ser fuertes, sino a ser verdaderos. A permitirnos la tristeza, el silencio, las preguntas. A cuidarnos entre nosotros. A recordar que también quienes cuidan necesitan ser cuidados. Que también Cáritas, signo de esperanza para tantos, está hecha de personas frágiles, heridas, vulnerables.
Pero junto al dolor, hoy también hay gratitud. Gratitud por la vida de Vanesa, por lo que fue, por lo que dio, por lo que sembró. Nada de eso se pierde. El amor nunca es inútil. Ningún gesto de entrega desaparece. Todo queda guardado en Dios.
Creemos que ahora Vanesa vive en la plenitud de ese Amor que tantas veces encarnó sin hacer ruido. Y creemos, con una esperanza humilde pero firme, que su vida no termina aquí, sino que se transforma.
Que su memoria nos haga más humanos. Más compasivos. Más conscientes del valor de cada vida. Que no nos cierre, sino que nos una. Que no nos endurezca, sino que nos vuelva más fraternos. Y que, incluso en medio de las lágrimas, sepamos seguir caminando con esa esperanza que no niega el dolor, pero tampoco se deja vencer por él.
Juan Pedro Rivero González
D.E.P .🙏🏻🙏🏻🙏🏻
ResponderEliminarQue Dios la acoga en sus brazos 🙏🏽❤️😞
ResponderEliminarD.E.P.
ResponderEliminarD.E.P.🙏❤️
ResponderEliminar❤️❤️
ResponderEliminar