El salmo 146 dice que Dios “cuenta el número de las estrellas”. La imagen es de una belleza inmensa. En Canarias lo sabemos bien: basta mirar hacia nuestros cielos, o pensar en la tarea paciente de quienes estudian el universo desde nuestros observatorios, para comprender que la realidad nos desborda. Vemos puntos de luz, intuimos distancias, calculamos órbitas, exploramos galaxias, pero enseguida descubrimos que todo parece cercano cuando lo miramos con los ojos y se vuelve inmenso cuando intentamos comprenderlo con la inteligencia.
Quizá por eso el asombro sea una de las actitudes más necesarias para vivir humanamente. Asombrarse no es quedarse paralizado ante lo desconocido, sino permitir que la realidad nos hable antes de reducirla a utilidad, dominio o cálculo. Quien se asombra reconoce que las cosas no existen solo para ser usadas, que el mundo no es un simple almacén de recursos y que la vida no puede explicarse únicamente desde la prisa, la productividad o el interés inmediato. El asombro ensancha la mirada y nos devuelve la capacidad de recibir.
Ante la grandeza del universo, el ser humano descubre también su pequeñez. Somos frágiles, limitados, pasajeros. Nuestra vida cabe en un puñado de años; nuestros proyectos, por importantes que parezcan, son apenas una huella breve en la historia. Pero esta pequeñez no tiene por qué humillarnos ni hundirnos. Al contrario, puede liberarnos de muchas soberbias. Saber que no lo controlamos todo, que no lo sabemos todo, que no somos el centro absoluto de la realidad, nos hace más humildes, más agradecidos y más capaces de convivir.
La realidad, además, no solo es inmensa: es compleja. Cada persona, cada historia, cada herida, cada decisión y cada esperanza forman parte de un entramado que no se deja simplificar fácilmente. También hay estrellas a nuestro lado: personas cuya luz discreta sostiene la noche de otros, rostros que pasan desapercibidos y, sin embargo, iluminan la vida cotidiana. Por eso conviene desconfiar de quienes explican el mundo con demasiada facilidad, como si todo cupiera en una consigna, en una etiqueta o en una respuesta inmediata.
Pero el salmo no dice simplemente que las estrellas son muchas. Dice que Dios las cuenta. Es decir, que lo inmenso no es anónimo para Él. Aquello que a nosotros nos sobrepasa está sostenido por una mirada amorosa. La fe no elimina el misterio ni simplifica la complejidad del mundo, pero nos permite habitarla con confianza. En medio de lo que no entendemos, podemos intuir que la realidad no está abandonada al azar frío de la indiferencia, sino abierta a un amor trascendente que llama, sostiene y acompaña.
Por eso levantar la mirada al cielo puede convertirse en una forma de oración. No para huir de la tierra, sino para vivirla con más sentido. Contar el número de las estrellas pertenece solo a Dios, pero contemplarlas nos recuerda quiénes somos: pequeños, sí, pero no insignificantes; limitados, pero llamados al amor; frágiles, pero sostenidos por una promesa. Y cuando la vida se vuelve oscura, tal vez baste alzar los ojos —o mirar con más hondura a quien camina junto a nosotros— para recordar que ninguna estrella se pierde para Dios, y que tampoco se pierde ninguna vida cuando es mirada desde su amor.
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