Hablar hoy de Venezuela exige más silencio interior que palabras apresuradas. No es un asunto sencillo ni cómodo. Es una realidad atravesada por el sufrimiento de millones de personas, por lecturas ideológicas enfrentadas y por decisiones políticas de enorme complejidad. Pero precisamente por eso, cuando la confusión amenaza con imponerse, conviene buscar voces que no griten, sino que ayuden a discernir. En estos días, mientras los titulares se concentran en movimientos de poder, sanciones, detenciones o equilibrios internacionales, el drama venezolano sigue teniendo un rostro concreto: familias empobrecidas, migrantes forzados, jóvenes sin horizonte, ancianos sin atención, una sociedad fatigada por la incertidumbre. Más allá de quién tenga razón en el tablero político, hay una verdad que no admite discusión: la dignidad humana no puede quedar nunca como daño colateral.
En este contexto, resultan especialmente significativas las palabras recientes del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), que ha hablado de solidaridad y esperanza, de diálogo, de soluciones pacíficas, de respeto a la dignidad humana y de atención prioritaria a los más vulnerables. No son consignas vagas ni fórmulas diplomáticas. Son criterios éticos. Claves para no perder el norte cuando la realidad se vuelve opaca. También el Papa ha insistido, con la prudencia propia de quien habla desde una responsabilidad universal, en que el bien del pueblo venezolano debe estar por encima de cualquier otro interés, y en que la paz verdadera solo puede construirse desde la justicia, el respeto a los derechos humanos y el rechazo de la violencia. No se trata de alinearse con una parte u otra, sino de recordar algo elemental: la paz no se impone, se cultiva. La Iglesia en Venezuela, a través de su Conferencia Episcopal, camina en una situación particularmente delicada. Sus mensajes -a veces criticados por unos y por otros- intentan sostener un equilibrio difícil: denunciar la injusticia sin avivar la confrontación, llamar al diálogo sin legitimar el abuso, acompañar al pueblo sin instrumentalizar su dolor. Es una posición incómoda, pero profundamente evangélica. Porque hay momentos en los que la mayor valentía no está en el grito, sino en la perseverancia.
Desde Canarias, esta realidad no nos es ajena. Venezuela forma parte de nuestra memoria afectiva, de nuestra historia migratoria, de nuestras relaciones humanas. Muchos hogares canarios llevan nombres, acentos y recuerdos venezolanos. Por eso, mirar lo que ocurre allí no debería llevarnos ni a la indiferencia ni al juicio fácil, sino a una solidaridad madura, capaz de compasión y de pensamiento crítico. Tal vez la pregunta de fondo no sea quién vencerá, sino qué tipo de sociedad se quiere reconstruir cuando pase la tormenta. Y ahí las palabras del CELAM ofrecen una brújula válida también para nosotros: diálogo frente a la imposición, dignidad frente al cálculo, atención a los más vulnerables frente a la lógica del poder. No son soluciones técnicas, pero sí condiciones morales sin las cuales ninguna solución será justa ni duradera.
Venezuela necesita algo más que un desenlace político. Necesita que no se normalice el sufrimiento, que no se trivialice la pobreza, que no se utilice a su pueblo como argumento. Necesita -como toda sociedad herida- esperanza, sí, pero una esperanza exigente, que se traduzca en responsabilidad, en verdad y en cuidado concreto de los más frágiles.
Quizá ahí esté, al final, la enseñanza que no deberíamos olvidar: cuando la esperanza se convierte en deber, la solidaridad deja de ser un gesto y pasa a ser una forma de estar en el mundo.

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