La imagen de esta semana nos llega desde el Palmetum de Santa Cruz de Tenerife.
Una palmera muy especial, casi única. La llaman la palmera suicida.
Durante décadas crece en silencio, sin llamar la atención. Y un día —solo una vez en su vida— florece con una fuerza impresionante. Después, muere.
Florece para morir. O quizá muere floreciendo.
No es una imagen triste. Es una imagen que invita a pensar.
Vivimos en una cultura que quiere conservarlo todo, alargarlo todo, asegurarlo todo.
Y esta palmera parece recordarnos que la vida no se mide solo por el tiempo que dura,
sino por la capacidad de darse.
Todo lo que ha sido, toda su savia, toda su energía acumulada durante años se concentra en ese gesto final: florecer. No se guarda nada. No se reserva nada.
Tal vez ahí esté la clave. Hay vidas que se apagan por miedo a entregarse. Y hay vidas que encuentran sentido precisamente en entregarse del todo.
La imagen de la semana nos deja esta pregunta abierta:
¿queremos simplemente durar…
o atrevernos a florecer?

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