Ha muerto don Juan Cirilo, canónigo organista de la Catedral de La Laguna. Desde que tengo uso de razón eclesial, siempre lo he conocido allí: discreto, fiel, casi invisible, pero imprescindible. Hoy, sin embargo, el órgano guarda silencio. No por descuido ni por pausa litúrgica, sino porque faltan las manos que sabían despertarlo. Las trompetas y flautas del instrumento permanecen mudas. El espacio celebrativo ya no se llena de ese eco que no era solo sonido, sino oración hecha música. El órgano sigue en su sitio, intacto, majestuoso… pero callado. Y ese silencio pesa más que cualquier acorde. Ya otros lo harán sonar…
Hay personas que no hacen ruido en la historia, pero sostienen su armonía. Don Juan Cirilo fue una de ellas. Supo estar donde tenía que estar, donde sabía estar, durante años, sin protagonismo, sin estridencias, dejando que hablara lo que él sabía hacer. Porque no todo el que tiene voz necesita imponerse; algunos están llamados a ordenar el sonido para que otros puedan rezar. Quizá ahí esté una de las grandes lecciones de esta pérdida. Una persona desarrolla todas sus capacidades cuando descubre para qué fue soñada y lo lleva adelante con fidelidad. Cuando entiende que su vida no es improvisación, sino respuesta. Don Juan Cirilo pareció saberlo: su lugar estaba allí, en ese banco del órgano, haciendo posible que la belleza ayudara a creer. Hoy la catedral está más silenciosa. Pero no vacía. Porque hay silencios que no son ausencia, sino memoria agradecida. Y porque, aunque el órgano calle, la música que fue fielmente ofrecida no se pierde: queda resonando donde verdaderamente importa.

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