Hay imágenes que no buscan titulares.
No gritan.
No acusan.
Simplemente obligan a detenerse.
Personas con monos blancos, marcadores amarillos, una vía férrea en silencio.
Todo parece frío, técnico, casi distante.
Pero en el centro —aunque no se vea— hay una persona.
Una vida que ya no sigue su curso como estaba previsto.
Ante situaciones así, lo primero que solemos pedir son responsables.
Y es justo hacerlo.
Pero antes de señalar, toca cuidar. Tú
Antes del juicio, el acompañamiento.
Antes del ruido, el respeto.
Antes de la explicación, la cercanía con las víctimas y sus familias.
Hacer bien el trabajo también es una forma de humanidad.
Investigar con rigor, con calma, con verdad.
Porque la justicia no nace de la prisa, sino del cuidado por cada detalle, por cada historia concreta.
No podemos evitar al cien por cien los accidentes.
La realidad es compleja, frágil, a veces desbordante.
Pero sí podemos decidir cómo respondemos.
Si miramos solo el error o si ponemos en el centro a la persona.
Si buscamos culpables o si construimos soluciones compartidas.
Esta imagen nos recuerda algo esencial:
necesitamos una cultura del cuidado.
En las instituciones, en las infraestructuras, en las decisiones políticas…
pero también en la mirada cotidiana, en la forma de hablar, en la manera de acompañar el dolor ajeno.
Cuidar no elimina el riesgo.
Pero humaniza la respuesta.
Y cuando el dolor llega —porque a veces llega—,
lo único verdaderamente imprescindible
es que nadie quede solo en mitad de la vía.

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