«ENTRE NECESIDADES Y DESEOS»


Hay una diferencia que solemos olvidar y que, sin embargo, dice mucho de nuestra forma de vivir: la que existe entre necesidades y deseos. No es una distinción nueva ni especialmente sofisticada, pero sí profundamente incómoda. Porque obliga a preguntarnos no solo qué queremos, sino qué necesitamos de verdad. 

Las necesidades, cuando se satisfacen, se aquietan. Comer, descansar, sentirse seguro, ser reconocido, tener vínculos estables. Una vez cubiertas, permiten vivir con cierta serenidad. Los deseos, en cambio, funcionan de otra manera. Cuando se cumplen, no se apagan: se exaltan. Lo que ayer parecía suficiente hoy resulta escaso, y lo que hoy se alcanza mañana se convierte en punto de partida para un nuevo anhelo. 

Esta lógica del deseo no es mala en sí misma. Gracias al deseo avanzamos, creamos, soñamos. El problema aparece cuando confundimos deseo con necesidad y acabamos organizando la vida entera en torno a una insatisfacción permanente. Entonces la felicidad se vuelve huidiza, siempre un paso más allá, siempre prometida, nunca habitada. 

Buena parte del malestar contemporáneo tiene que ver con esta confusión. Vivimos en una sociedad que sabe estimular deseos con enorme eficacia, pero que no siempre ayuda a discernir lo necesario. Se nos invita a querer más, a llegar más lejos, a no conformarnos nunca. Y, paradójicamente, cuanto más se intensifica ese impulso, más difícil resulta descansar en lo que ya es suficiente. 

Tal vez por eso cuesta tanto hablar hoy de límites sin que suene a renuncia. Sin embargo, saber poner límites no es empobrecer la vida, sino ordenarla. Reconocer que no todo lo deseable es necesario es un acto de libertad, no de derrota. Permite agradecer lo que se tiene, cuidar lo esencial y dejar de vivir a la intemperie de la comparación constante. 

La felicidad -si es que la palabra aún significa algo- no consiste en acumular experiencias, objetos o reconocimientos, sino en habitar con sentido lo que nos sostiene. Cuando las necesidades están cubiertas y los deseos no se convierten en tiranos, aparece algo parecido a la paz: una alegría sobria, menos espectacular, pero más duradera. 

Quizá no se trate de desear menos, sino de desear mejor. De aprender a distinguir aquello que calma de aquello que excita sin saciar. En esa diferencia, tan sencilla como exigente, se juega buena parte de nuestra salud personal y colectiva. Y tal vez también una forma más humana de vivir. 

Tal vez la clave no esté en oponer necesidades y deseos, sino en distinguir entre los deseos que dispersan y el deseo que orienta. Los primeros engañan porque prometen plenitud inmediata; el segundo planifica porque sabe esperar y ordenar la vida. Cuando el deseo profundo encuentra su lugar, deja de reclamarlo todo y empieza a dar sentido. Y es ahí donde se abre la posibilidad de una felicidad menos ansiosa y más verdadera, abierta a aquello que nos trasciende.

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