Estos días, muchos jóvenes de segundo de Bachillerato cruzarán por primera vez las puertas de la Universidad de La Laguna no como visitantes ocasionales, sino como posibles futuros estudiantes. Jornadas de puertas abiertas las llamamos. Y el nombre no es casual. Se trata, en el fondo, de abrir puertas a la elección, a la libertad, al futuro que empieza a tomar forma en decisiones concretas.
Elegir es una de las experiencias más hondas de la condición humana. Elegimos estudios, caminos, relaciones, proyectos. Y, con cada elección, vamos esculpiendo —a veces sin darnos cuenta— la figura de nuestra propia vida. Por eso la libertad suele presentarse como un absoluto, como si todo dependiera exclusivamente de nuestra voluntad, como si bastara con querer para poder.
Sin embargo, la experiencia pronto nos enseña que la libertad no es un terreno ilimitado ni una hoja en blanco. Elegimos con lo que somos, con lo que hemos recibido, con nuestras capacidades y también con nuestras fragilidades. Elegimos sabiendo que podemos equivocarnos. Y quizá ahí reside una de las grandes lecciones que cuesta aceptar: que la vida no se construye solo a base de conquistas, sino también —y a veces sobre todo— a partir de lo que se nos ha dado.
No elegimos el punto de partida, pero sí el modo de recorrer el camino. No decidimos todas las circunstancias, pero sí la actitud con la que las afrontamos. La verdadera libertad no consiste tanto en poder hacerlo todo como en aprender a responder con sentido a lo que nos viene dado. Elegir no es inventarse desde la nada, sino acoger una realidad y trabajar con ella.
En estos días, mientras algunos jóvenes se preguntan qué estudiar, qué carrera elegir, qué puertas cruzar, convendría recordarles —y recordarnos— que ninguna elección agota la vida ni la cierra para siempre. Que el error forma parte del aprendizaje. Y que muchas veces el futuro no se conquista a golpe de voluntad, sino que se descubre poco a poco, como se descubre un camino al andar.
Tal vez madurar consista precisamente en eso: en aprender a elegir sin soberbia, con libertad, sí, pero también con gratitud. Porque no todo depende de nosotros, pero tampoco nada está definitivamente cerrado.
Tal vez por eso el Evangelio nunca presenta la vida como un proyecto que se diseña en soledad, sino como una llamada que se escucha y se discierne. A quienes le preguntan qué hacer, Jesús no les ofrece un catálogo de opciones ni un camino asegurado; les propone seguir, confiar, caminar. La libertad, en clave evangélica, no consiste en dominar el futuro, sino en atreverse a responder a una voz que precede. No es casual que las grandes decisiones nazcan más de una escucha atenta que de un cálculo perfecto.
Elegir, entonces, no es cerrarse posibilidades, sino abrirse a un sentido. Como en aquellas parábolas donde el sembrador esparce la semilla sin control absoluto sobre el resultado, también nuestra vida crece en una mezcla de intención y don, de esfuerzo y gracia. Quizá el verdadero aprendizaje para quienes hoy cruzan puertas abiertas —y para quienes las cruzamos cada día— sea este: que el futuro no se posee, se recibe; y que la libertad alcanza su plenitud no cuando se afirma a sí misma, sino cuando se deja fecundar por aquello que la supera.
Juan Pedro Rivero González.

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