Canarias ha dado al mundo figuras discretas y decisivas, personas que no necesitaron reconocimientos ni bustos para dejar una huella profunda. Blas Cabrera Felipe es una de ellas. Nacido en Arrecife en 1878 y formado en La Laguna, está considerado el físico español más relevante de la primera mitad del siglo XX y una de las grandes referencias de la ciencia moderna en nuestro país. Pero reducir su legado a una brillante carrera académica sería quedarse corto. Encarna una manera de entender el saber que hoy resulta especialmente necesaria: el conocimiento como servicio, la razón como tarea compartida, la ciencia como responsabilidad pública. En épocas tan marcadas por el atraso educativo y el aislamiento intelectual, creyó que España -y también Canarias- podían incorporarse al diálogo científico europeo desde el rigor, la apertura y el trabajo bien hecho.
Su especialidad fue el estudio del magnetismo y de la estructura de la materia, campos en los que alcanzó reconocimiento internacional. No es un dato menor que mantuviera relación científica con figuras como Einstein, Curie, Planck o Bohr. Cabrera no fue un talento local encerrado en su contexto, sino un intelectual plenamente integrado en la gran conversación científica de su tiempo. Desde Madrid, al frente del Laboratorio de Investigaciones Físicas y de la Sociedad Española de Física y Química, ayudó a crear las bases de una ciencia moderna en España.
Pero hay algo más profundo que explica su relevancia. Blas Cabrera perteneció a una generación que entendió que el saber no es acumulación de datos, sino formación de la persona. Influido por el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta para Ampliación de Estudios, defendió una racionalidad abierta, exigente, capaz de integrar el rigor científico con una visión ética de la vida pública. Para él, pensar bien era una forma de vivir mejor y de servir mejor a la sociedad.
Recordar hoy a Blas Cabrera Felipe no es, tampoco en este caso, un ejercicio nostálgico. Es una llamada de atención. En un tiempo dominado por la prisa, la opinión fácil y la sospecha hacia el pensamiento complejo, su figura nos recuerda que la razón no es enemiga de la humanidad, sino una de sus expresiones más nobles. Que la ciencia, cuando se vive con honestidad, no deshumaniza, sino que ensancha el horizonte de lo posible.Tal vez por eso su memoria sigue teniendo algo de incómodo y de necesario a la vez. Nos interpela como sociedad: ¿cuidamos el saber?, ¿valoramos la formación rigurosa?, ¿ofrecemos a nuestros jóvenes razones para pensar con profundidad y esperanza? Canarias, que conoce bien la experiencia de la periferia, tiene en Blas Cabrera un ejemplo luminoso de cómo se puede contribuir al mundo desde la seriedad, sin estridencias, con fidelidad a la verdad. Hay biografías que no se agotan en una vida.
La de Blas Cabrera Felipe pertenece a esa categoría. Nos sigue diciendo -en silencio, como los grandes maestros- que pensar bien es una forma de responsabilidad moral y que una sociedad que descuida el saber termina empobreciéndose por dentro.
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