ANDRÉS BELLO Y LA VOCACIÓN DE ENSEÑAR


En una ciudad como La Laguna, donde la universidad no es un añadido sino una forma de estar en el mundo, la presencia de Andrés Bello no resulta extraña. Su busto no es solo un homenaje, sino un recordatorio. Bello representa una manera de entender el saber que sigue siendo actual: el conocimiento como tarea pública, la educación como fundamento de la libertad y la lengua como instrumento de pensamiento compartido. 

Andrés Bello fue muchas cosas -poeta, jurista, filólogo-, pero sobre todo fue un educador. Vivió en un tiempo de cambios profundos, cuando las nuevas repúblicas americanas buscaban afirmarse y corrían el riesgo de confundir libertad con improvisación. Frente a ese peligro, Bello defendió una idea exigente y paciente: sin formación intelectual, sin instituciones educativas sólidas, sin respeto por el saber acumulado, no hay proyecto común que resista. 

Su obra más conocida, la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, no fue un ejercicio académico aislado. Fue una apuesta educativa de gran calado. Bello entendió que cuidar la lengua era cuidar la capacidad de pensar, de deliberar, de convivir. Enseñar a hablar bien no era una cuestión estética, sino ética. Donde el lenguaje se empobrece, el pensamiento se debilita; y donde el pensamiento se debilita, la libertad se vuelve frágil. 

No es casual, por tanto, que su nombre esté vinculado en La Laguna a un instituto universitario de lingüística ni que su figura tenga presencia en una ciudad con siglos de tradición académica. La Laguna comparte con Bello una convicción profunda: que la universidad no es solo un lugar de paso hacia el empleo, sino un espacio de formación integral, de diálogo entre saberes, de aprendizaje lento y riguroso. 

Cuendo sobre la prisa, la utilidad inmediata y la simplificación del conocimiento, Andrés Bello nos recuerda que educar es algo más que capacitar. Es formar criterio, transmitir herencias intelectuales, enseñar a distinguir lo importante de lo accesorio. No hay verdadera innovación sin memoria, ni futuro educativo sin respeto por la tradición. 

Tal vez por eso su figura sigue siendo incómoda y necesaria. Incómoda, porque exige esfuerzo, rigor y responsabilidad. Necesaria, porque recuerda a la universidad y a la ciudad que el saber no se improvisa y que la libertad se aprende. En La Laguna, donde cada curso comienzan miles de trayectorias académicas, Andrés Bello sigue planteando la misma pregunta de fondo: para qué educamos y al servicio de qué futuro. 

Andrés Bello nos recuerda que enseñar es siempre un acto de confianza en el futuro y que las ciudades universitarias se miden menos por lo que exhiben y más por lo que transmiten. En ese examen silencioso, La Laguna aún tiene mucho que decir.

Comentarios