Adolfo Cabrera Pinto (Santa Cruz de La Palma, 1855 – Sevilla, 1926) pertenece a una generación para la que la educación no fue nunca un asunto técnico ni una bandera ideológica, sino una tarea moral de primer orden. Su nombre, hoy ligado al histórico instituto lagunero que lleva justamente su apellido, remite a una forma de entender la enseñanza como servicio público, paciente y estructural, orientado al bien común más que a la afirmación de posiciones. En tiempos de debates crispados, volver a su figura permite recuperar un modo más hondo y menos ruidoso de pensar la escuela. Formado en Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla, Cabrera Pinto desarrolló su vida profesional en Canarias, donde dejó una huella decisiva. Desde 1901 hasta poco antes de su muerte ejerció como director del entonces Instituto de Canarias, hoy IES Cabrera Pinto, convirtiéndolo en un auténtico foco de vida intelectual y educativa. Su vocación docente se extendió también al periodismo, desde el que intervino activamente en el debate público sobre la instrucción, la cultura y el futuro de las islas.
Conoció de cerca las carencias del sistema educativo insular y no se conformó con diagnósticos superficiales. Su mirada apuntaba siempre a la raíz del problema: sin maestros bien formados, no hay educación sólida posible. De ahí su empeño constante en dignificar el magisterio y en defender la creación y consolidación de una Escuela de Magisterio estable, capaz de preparar docentes con cultura general, criterio pedagógico y sentido de responsabilidad social. Para Cabrera Pinto, el maestro no era un simple ejecutor de programas, sino un mediador cultural entre el saber y el pueblo. La educación primaria representaba, a su juicio, la gran palanca de transformación social de Canarias. Descuidarla equivalía a hipotecar el futuro colectivo. Esta convicción explica la constancia de sus escritos, de sus gestiones administrativas y de su actividad pública, siempre orientadas a fortalecer las estructuras educativas antes que a buscar reconocimiento personal.
En este marco se entiende su actitud ante las iniciativas de formación del profesorado promovidas por la Iglesia, como la Escuela de Magisterio de la calle La Rosa, en Santa Cruz de Tenerife. Cabrera Pinto no fue beligerante frente a estas experiencias. Supo reconocer su valor histórico y su función supletoria en un contexto de carencia institucional. Allí donde el Estado no llegaba, la Iglesia había asumido una tarea necesaria, y él no lo ignoró ni lo despreció. Al mismo tiempo, mantuvo con claridad que la formación del magisterio debía encontrar su cauce definitivo en una institución civil, pública y sostenida por el Estado. No por desconfianza hacia lo eclesial, sino por una convicción profunda: el maestro estaba llamado a servir a toda la sociedad, y su preparación debía apoyarse en un marco común, integrador y estable. Cabrera Pinto no confrontó modelos; pensó procesos y tiempos. Reconoció lo provisional sin renunciar a lo estructural.
Algo semejante puede decirse de su visión de la enseñanza religiosa en la escuela. No la concibió como catequesis ni como imposición doctrinal, pero tampoco como un elemento prescindible. En sus escritos se percibe una comprensión de la religión como parte del sustrato cultural y moral de la sociedad, capaz de contribuir a la formación del carácter cuando se integra con respeto en un proyecto educativo más amplio. Su postura rehuyó los extremos y se mantuvo en una prudente centralidad.
Reconocido en vida como Hijo Predilecto de La Palma y Hijo Adoptivo de La Laguna, y recordado hoy a través de las instituciones que llevan su nombre, Adolfo Cabrera Pinto no dejó un sistema teórico cerrado, pero sí una enseñanza clara: educar es una obra social de largo aliento. Su legado no está en consignas ni en polémicas, sino en una idea sencilla y exigente: formar personas es la tarea más seria que una comunidad puede asumir. Todo lo demás solo cobra sentido si se ordena a ese fin.

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