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La Carta de la Semana (16/2/2018): «¡FALTAS TÚ! ¡VUELVE A CASA!»


El absoluto respeto de Dios a nuestra libertad es parte de su ternura. La Cuaresma es una ocasión oportuna para conocer a Dios; para conocer cómo es Dios. Jesús nos ha revelado el misterio de su identidad en la Parábola del hijo pródigo en la que describe nuestra condición de huida permanente y la condición nostálgica del Padre eterno. No nos vendría mal releer varias veces a lo largo de este tiempo dicho texto del evangelio de Lucas (15, 11-32). Un respeto absoluto, una marcha inesperada, una espera decididamente definitiva. Un hijo que no espera la muerte de su padre para heredar, sino que adelanta la muerte del padre exigiéndole la parte de la herencia que le corresponde. Matar al padre. No de hecho, pero sí en su corazón. Actuar como si el padre hubiera muerte. Vivir como si Dios no existiera: una forma de adelantar su muerte.

Por mucho que lo intentemos, que lo pretendamos, que lo imaginemos…, Dios no ha muerto. Su eternidad no es una vida de permanente vigilante de nuestras debilidades, sino de espera absoluta. Es absoluto su respeto a nuestra libertad, como absoluta es su espera misericordiosa. Su casa nunca estará cerrada a nuestro arrepentimiento, a nuestra conversión. Volver es nuestra posibilidad salvífica. No pretende que dejemos de ser nosotros al aceptar su condición divina en nuestra vida. No hay conflicto entre autonomía y heteronomía entre Dios y nosotros; hay teonomía, esa nueva forma de ser nosotros mismos desde nuestra libertad purificada y sanada de egolatría.

Hay dos maneras de percibir nuestra realidad persona: con Dios y sin Dios. En casa o fuera de ella. En la belleza del bien o en las afueras externas de la maldad autorreferencial. Es una autonomía podrida y ahogada. Nunca seremos tanto nosotros mismos como cuando habitamos la rectitud moral, la responsabilidad solidaria y la ecología de lo humano. Lo que Dios pretende de nosotros no es contrario a nosotros, sino la manera adecuada de ser su imagen.

Llama poderosamente la atención la ausencia de reproche por parte del padre de la parábola. La venganza no es conjugada por Dios en su palabra. Un abrazo acogedor, una renovación de vestidos y calzados, una fiesta y la alegría de un cielo que nos espera. La expresión de una nostalgia eterna. Una forma de acogida misericordiosa. Una misericordia que nos anhela. El respeto absoluto que espera absolutamente. Nos toca a nosotros verbalizar de nuevo la gran expresión: «Me levantaré e iré a la casa de mi padre y le diré: “padre, he pecado contra el cielo y contra ti; trátame como a unos de tus empleados”». Es nuestro destino cuaresmal: volver a la casa del Padre.

¿Miedo? ¿Miedo a qué? ¿Miedo por qué? No hemos de tener miedo de Dios. No es miedo lo que ha de ser despertado como mecanismo de vuelta; es arrepentimiento por contemplar su nostalgia por mi amor. Amar es su nombre. Nos ha hecho para ser amados y hasta que no descubramos su fuente andaremos peregrinos y expatriados.

Hay un amor que estera mi vuelta

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