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DESDE LA PALABRA (31/08/2014) - DOMINGO XXII: "ME HACES TROPEZAR"


Tanto la lectura del profeta Jeremías (Antiguo Testamento) como la del apóstol Pablo (A los Romanos) hoy nos ofrecen una invitación a estar atentos a la voz de Dios en su Palabra. Para Jeremías la “Palabra” era como un fuego en los huesos, un deber del que no se podía desprender. Pablo invita a discernir la Palabra, la voluntad de Dios, porque es el camino perfecto.

¡Qué misterio! Escuchamos la “Palabra” y no la entendemos. Oímos y no comprendemos. Comprendemos pero con criterios humanos. ¿Cuál es el criterio de interpretación adecuado? “Pedro, tú piensas como los hombres, no como Dios”, el reproche de Jesús en el Evangelio.

Si Cristo es el criterio de comprensión de la Palabra de Dios, Jerusalén es el camino. Vamos hacia Jerusalén. Es cierto que Jerusalén es una ciudad, una realidad social concreta. Pero en el lenguaje y sentido de la Escritura, Jerusalén es un símbolo de la Iglesia y un símbolo de la Comunión Plena con Dios. Ir hacia Jerusalén es entregar la vida y buscar a Dios. Jesús sube a Jerusalén precisamente a cumplir la voluntad del Padre. No le agrada, como al profeta Jeremías no le agradaba hablar en nombre de Dios y dar mensajes negativos y correctores que se volvían contra él. Pero va a Jerusalén, Jesús sube a Jerusalén. Esa es la voluntad de Dios; pues eso es “lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.”. Sube a Jerusalén pase lo que pase.

¿Somos discípulos de Jesús? ¿Seguimos en serio a Jesús? O como Pedro ¿le hacemos tropezar? ¿Qué o quién nos hace tropezar en el camino a Jerusalén? ¿Buscamos a Dios? ¿Buscamos la comunión con Dios?

Debemos ser facilitadores. Esa es nuestra labor. Facilitar la vida a los demás. Facilitar el acceso a Dios. Ofrecer a los demás la posibilidad de que cumplan con la voluntad de Dios. Y, sin embargo, con frecuencia somos piedras de tropiezo y palos en sus ruedas. Somos lastre, peso, incómodo.

Bajo apariencia de ayuda “Eso no puede pasarte a ti”, y pensando sólo con criterios humanos de eficacia y oportunidad, nos convertimos en tropiezo para que otros avancen en el seguimiento del Señor y en la entrega de la vida a la voluntad de Dios: Esos padres que no quieren oír hablar a sus hijos de vocación sacerdotal o de consagración de vida; esa aparente compasión que les ofrece la manida frase de “pobrecito/a mira lo que se va a perder en la vida”… ¡Qué pena! Volver a escuchar las torpes palabras de Pedro “eso no te puede pasar a ti”.

Facilitar – entorpecer. Ahí está la diferencia entre quienes colaboran a que Jesús nos lleve a Jerusalén o los que les gustaría que nos mantuviéramos en la cómoda Betania.

¿Dónde vamos nosotros?

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.”

Subamos, hermanos a Jerusalén. Allí se encuentra la vida. Subamos, hermanos con Jesús. Sigámosle a Él.

Ayudémosle a Él. No seamos torpes piedras de tropiezo para nadie. Facilitadores siempre. 

Santa María, que seguiste a tu Hijo por el Camino. Ruega por nosotros.

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