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DESDE LA PALABRA (03/08/2014) - DOMINGO XVIII: "TENGO HAMBRE"


El ser humano es un ser necesitado. No somos totalmente autónomos. Estamos llenos de necesidades. Unas son vitales, como el alimento que nos nutre o el aire que nos oxigena. Otras son intelectuales o culturales, como la comunicación, la educación. Necesitamos a otros sin los cuales no somos. También tenemos necesidades espirituales, necesidades de trascendencia. No basta con saciar las necesidades vitales, con tener llena la barriga. Tampoco basta con saber leer, escribir, tener espíritu crítico y aprender a pensar. Necesitamos crecer por dentro, alimentar el alma, sentir el amor infinito de Dios que nos hace ser nosotros mismos.

A veces nos contentamos con tener las necesidades básicas garantizadas. Y eso es necesario, pero no basta. Seguimos teniendo necesidades, seguimos teniendo hambre. Es lo que el profeta Isaías le dice a Israel en nombre de Dios: “¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?” (Is, 55 1). Ese otro alimento al que el profeta se refiere no cuesta dinero, lo puede adquirir cualquier persona. Se trata de acudir a Dios, de buscar a Dios.

El domino pasado la búsqueda quedaba ejemplarizada en un “tesoro” en un campo o en una “perla fina”. Quien encuentra a Dios sabe dónde está el tesoro. Quien encuentra a Dios sabe dónde se sacia el hambre, la necesidad existencia del corazón humano. San Pablo nos lo expresa, como siempre sabe hacer el apóstol, con la fórmula radical del nada… Nada “podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro.” (Rm 8, 39) Ni el hambre. Ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada… Nada de nada.

Por eso, en este sentido de necesidad y hambre, el evangelio de este domingo nos muestra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Una muchedumbre con hambre. Una preocupación. Una solución inviable: “… dadles vosotros de comer”. (Mt 14, 20) La presencia de Jesús y la gracia del milagro. Lo mismo que en el diálogo con la samaritana junto al pozo, la experiencia de la muchedumbre provocaba que hay alimentos que no sacian para siempre, que nos mantienen en la necesidad y el anhelo. Jesús es el Pan Vivo que baja del Cielo.

Cristo es el lugar en el que acontece para nosotros la salvación. El amor de Dios manifestado en Cristo es salvador, es el tesoro de valor infinito o la perla más fina jamás encontrada por la destreza humana. Y una vez que se encuentra, una vez que nos vinculamos a ella, nada nos podrá separar de su amor. El amor de Dios en Cristo es “definitivo”. Ni el pecado libremente cometido puede separarnos del amor de Dios en Cristo. Amados siempre por un amor incondicional que genera en nosotros la verdad y el bien humanamente posible.

“Yo estaré contigo siempre, para salvarte”, nadie podrá separarte de mí. Yo soy el pan vivo. Quien come de este pan vivirá para siempre; quien come de este pan, no morirá… Venid a mí los que estéis cansados y agobiados por el peso de la necesidad y el anhelo. Yo os aliviaré.

Qué suerte, hermanos, el haber descubierto a Cristo. Qué suerte, hermanos, haber conocido el horizonte infinito de su amor por nosotros. Qué dicha ser de Cristo.

Esto es lo que significa celebrar la Eucaristía. Este encuentro dominical con Cristo presente en esta comida de pan y de vino en la que hacemos lo que Él nos mandó. Y entrar en comunión con Él, con su muerte y resurrección, con su vida eterna, con el Padre Dios a través de Él, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, envueltos en la fuerza creativa del Espíritu Santo, señor y dador de vida.

Santa María, madre de Jesús y madre mía: Enséñanos a anhelar el alimento de salvación que es Cristo, tu hijo, y a no malgastar la vida centrada en alimentos que maquillan nuestra hambre de salvación y sentido. Abre, para nosotros, intercesora y madre, el corazón amoroso de tu hijo Jesús para habitar en ese espacio de amor definitivo, del que nada ni nadie, jamás, nos podrán separar.

Madre del amor hermoso, ruega por nosotros.

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