Vivimos de Salamanca, aunque muchos no lo sepan


Hay herencias que se reciben con gratitud y otras que se disfrutan sin saber siquiera de dónde proceden. La democracia, los derechos humanos, la dignidad de la persona, la limitación del poder político, el derecho internacional o la economía al servicio del bien común parecen hoy conceptos naturales, casi evidentes. Sin embargo, buena parte de esas ideas fueron pensadas, discutidas y fundamentadas hace cinco siglos en las aulas y los claustros de la Universidad de Salamanca. Puede que hayamos olvidado el nombre de la Escuela de Salamanca, pero seguimos viviendo social y políticamente de ella. 

En una España que comenzaba a descubrir un mundo nuevo y a enfrentarse a problemas inéditos, un grupo extraordinario de dominicos y juristas decidió que la fe no podía permanecer encerrada en los templos mientras la historia planteaba preguntas nuevas. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Martín de Azpilcueta o Tomás de Mercado comprendieron que la teología debía dialogar con la realidad y ofrecer criterios para construir una sociedad más justa. Aquella fue, probablemente, una de las mayores revoluciones intelectuales de Occidente. 

Su gran aportación consistió en situar la dignidad de toda persona en el centro del pensamiento. No importaba la nación, la cultura o la condición social. El indígena americano poseía los mismos derechos fundamentales que cualquier europeo. Nadie podía ser despojado de su libertad o de sus bienes por el simple hecho de pertenecer a otro pueblo. En una época dominada por la fuerza de los imperios, aquella afirmación era profundamente revolucionaria. Cinco siglos después continúa siendo el fundamento moral de los derechos humanos. 

La Escuela de Salamanca tampoco separó la ética de la política. Entendió que el poder nunca es absoluto y que toda autoridad encuentra su legitimidad en el servicio al bien común. Allí comenzaron a formularse principios que hoy identificamos con el constitucionalismo moderno: la limitación del poder, la legitimidad de la ley, la responsabilidad de los gobernantes y la existencia de derechos anteriores al propio Estado. Cuando hoy exigimos transparencia, justicia o responsabilidad política, estamos hablando un lenguaje que comenzó a tomar forma en Salamanca. 

También la economía encontró allí una sorprendente renovación. Frente a una visión exclusivamente mercantil, los salmantinos reflexionaron sobre el precio justo, la propiedad, los contratos, el comercio, la moneda o la usura. Descubrieron que la economía solo puede sostenerse cuando está al servicio de las personas y no al contrario. En un tiempo como el nuestro, marcado por la especulación, la desigualdad y las incertidumbres tecnológicas, aquellas preguntas mantienen una actualidad inesperada. 

Quizá uno de los mayores errores culturales haya sido presentar la modernidad como una ruptura con el pensamiento cristiano. La llamada “leyenda negra” contribuyó durante siglos a ocultar que muchas de las ideas que hoy identificamos con la cultura democrática nacieron precisamente en universidades y conventos españoles. No se trata de reivindicar un orgullo nacional mal entendido, sino de hacer justicia a la historia. Sin conocer Salamanca, resulta imposible comprender plenamente la evolución intelectual de Europa y de América. 

Canarias tampoco debería sentirse ajena a esta herencia. Nuestra condición atlántica, abierta a continentes y culturas, convierte las intuiciones salmantinas en una referencia especialmente cercana. El diálogo entre pueblos, el respeto a la diversidad, la acogida del diferente, la justicia social o la defensa de la dignidad humana forman parte de los desafíos cotidianos de nuestras islas. Recuperar la Escuela de Salamanca no es mirar con nostalgia al pasado, sino encontrar herramientas para responder a los problemas del presente. 

Tal vez haya llegado el momento de volver a estudiar Salamanca, no como una curiosidad histórica reservada a especialistas, sino como una auténtica escuela para nuestro tiempo. Porque, aunque muchos desconozcan sus nombres, seguimos pensando con categorías que allí nacieron. Seguimos defendiendo derechos que allí fueron formulados. Seguimos aspirando a una política y a una economía más humanas gracias a unas intuiciones que vieron la luz hace quinientos años. La Escuela de Salamanca no pertenece al pasado: sigue sosteniendo silenciosamente buena parte del mundo en el que vivimos.

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