Tu nombre es más grande que tu culpa


Hay una forma cruel de mirar a los demás: reducirlos a aquello que hicieron mal. «El mentiroso», «el que fracasó», «la que se equivocó», «el pecador». Cuando dejamos de pronunciar el nombre de una persona y comenzamos a nombrarla por su herida o por su culpa, le arrebatamos algo de su dignidad. El mal siempre simplifica: toma una parte de nuestra historia y pretende convertirla en el todo. 

Dios mira de otra manera. Conoce nuestras incoherencias, nuestros pecados y hasta aquello que procuramos esconder, pero sigue llamándonos por nuestro nombre. Así ocurre tantas veces en el Evangelio: Pedro continúa siendo Pedro después de negar; Tomás sigue siendo llamado y enviado después de dudar; María Magdalena no queda definida por su pasado. Para Dios, el pecado es verdadero, pero nunca constituye la verdad completa de una persona. Su misericordia no niega lo ocurrido; abre la posibilidad de que nuestra historia dé todavía mucho más de sí. 

Quizá también nosotros necesitemos aprender esa mirada. No identificar a nadie con su peor momento, no convertir una equivocación en una sentencia definitiva, no hablar de las personas únicamente desde sus caídas. Porque amar cristianamente significa mirar al otro desde la posibilidad que Dios continúa viendo en él. Nuestros errores tienen nombre; pero nosotros también. Y Dios siempre pronuncia primero nuestro nombre.

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