San Roque: el santo que nos enseñó a cuidar


Cada mes de agosto, numerosas localidades de Tenerife celebran la fiesta de San Roque. Su figura está profundamente arraigada en la religiosidad popular de la isla y su memoria permanece vinculada a los momentos más difíciles de nuestra historia, especialmente a las epidemias que durante siglos amenazaron la vida de los pueblos. En La Laguna, esa devoción se concentra en la histórica ermita de San Roque, un templo sencillo que guarda una de las imágenes más queridas de la ciudad y que continúa recordándonos un mensaje de sorprendente actualidad. 

La iconografía de San Roque resulta inconfundible. Aparece vestido de peregrino, con el bordón en la mano, mostrando la llaga de su pierna, acompañado por el perro que le lleva el pan y por un ángel que parece sostenerlo en el camino. Ninguno de esos elementos es un simple recurso artístico. Cada uno constituye una página de un auténtico catecismo visual sobre la solidaridad, la esperanza y el cuidado de quienes sufren. 

La tradición cuenta que, cuando la peste sembraba el miedo por Europa, San Roque no eligió ponerse a salvo. Prefirió acercarse a los enfermos, atenderlos y compartir con ellos el consuelo y la esperanza. Después él mismo enfermó y conoció en carne propia la fragilidad. El hombre que había dedicado su vida a cuidar descubrió también la necesidad de dejarse cuidar. Esa experiencia hace de San Roque un santo extraordinariamente cercano al hombre contemporáneo, tan acostumbrado a valorar la autosuficiencia que a veces olvida que todos necesitamos de los demás. 

La imagen que se conserva en la ermita lagunera expresa con enorme delicadeza esa espiritualidad del cuidado. El perro simboliza la fidelidad que no abandona cuando llegan las dificultades. El ángel recuerda que toda auténtica compasión tiene algo de divino, porque acerca el cielo a la tierra. Y la llaga visible en la pierna no es un signo de derrota, sino el testimonio de una vida entregada a los demás. San Roque no es un héroe invulnerable; es un hombre cuya propia herida lo hace capaz de comprender el dolor ajeno. 

Quizá por eso su figura adquiere hoy una fuerza inesperada. Vivimos rodeados de avances científicos y tecnológicos extraordinarios, pero ninguna innovación podrá sustituir jamás el gesto de una persona que acompaña a otra en el sufrimiento. La medicina cura muchas veces; el cuidado siempre consuela. Una sociedad verdaderamente desarrollada no es únicamente la que produce riqueza, sino la que sabe proteger a quienes atraviesan la enfermedad, la soledad, la discapacidad o la pobreza. 

La Laguna conoce bien esa cultura del cuidado. Se manifiesta silenciosamente en los profesionales sanitarios, en las comunidades religiosas, en los voluntarios de tantas instituciones sociales, en quienes acompañan a una persona mayor, visitan a un enfermo o sostienen con discreción a una familia en dificultades. Son gestos que rara vez ocupan las primeras páginas de los periódicos, pero constituyen uno de los patrimonios humanos más valiosos de nuestra ciudad. 

Contemplar la imagen de San Roque es también contemplar un programa de vida. Su existencia recuerda que el verdadero progreso no consiste únicamente en construir mejores edificios o disponer de tecnologías más avanzadas. El auténtico progreso se mide por la capacidad de una comunidad para cuidar de sus miembros más frágiles. Allí donde alguien deja de ser invisible, donde una herida encuentra consuelo y donde nadie queda abandonado, la sociedad entera se hace más humana. 

Cuando este mes de agosto las puertas de la ermita de San Roque vuelvan a abrirse para celebrar su fiesta, convendría detenernos unos instantes ante su imagen. No solo veremos una valiosa talla que forma parte del patrimonio artístico y religioso de La Laguna. Veremos el rostro de una ciudad llamada a custodiar una de las virtudes más necesarias de nuestro tiempo: la cultura del cuidado. Porque cuidar nunca pasa de moda. Es la forma más alta de convivencia y, probablemente, el mejor legado que San Roque puede seguir ofreciendo a La Laguna del siglo XXI.

Comentarios