La palabra “verdad” algunos la consideran antigua y antiguada. Se pronuncia con cautela, como si buscarla fuera una forma de arrogancia o el residuo de una filosofía ya superada. Sin embargo, todo pensamiento que quiera ser tomado en serio alberga una pretensión de verdad. Incluso quien afirma que no existen verdades universales espera que su afirmación sea comprendida como verdadera.
Buscar la verdad no significa poseerla por completo ni disponer de una respuesta definitiva para cada pregunta. Significa aceptar que no todo da lo mismo, que existe alguna diferencia entre acertar y equivocarse, entre comprender la realidad y deformarla. La filosofía comienza cuando no nos conformamos con una impresión, un eslogan o una opinión repetida, sino que preguntamos por qué las cosas son como son.
También la objetividad ha sido injustamente confundida con una mirada fría, distante y sin historia. Nadie contempla el mundo desde ninguna parte. Todos miramos desde una experiencia, una cultura y una sensibilidad. Pero ser objetivo significa procurar que nuestra mirada no se cierre sobre sí misma; dejar que el objeto nos hable, nos contradiga y nos obligue a corregir aquello que habíamos pensado demasiado pronto.
La razón no es propiedad de una escuela filosófica. La emplea quien afirma y también quien duda; quien defiende una tradición y quien la somete a crítica. Incluso las corrientes que señalan los límites de la razón necesitan razones para hacerlo. Pensar racionalmente no consiste en saberlo todo, sino en dar cuenta de lo que se sostiene y aceptar que nuestras conclusiones pueden ser examinadas por otros.
De ahí nace el pensamiento crítico. No de una sospecha permanente ni del placer de negar cuanto otros afirman. Ser crítico es mirar debajo de las palabras, descubrir los presupuestos, contrastar las consecuencias y, sobre todo, someter a examen las propias convicciones. La crítica que nunca vuelve sobre uno mismo termina siendo una forma refinada de intolerancia.
Toda filosofía conserva, además, un vínculo con lo real, aunque las diversas corrientes discrepen sobre qué significa realidad. Para unas será la naturaleza; para otras, la conciencia, la historia, el lenguaje, la existencia o las relaciones de poder. Pero ninguna filosofía puede vivir completamente de espaldas a aquello que intenta comprender. Cuando el pensamiento deja de escuchar la realidad, acaba escuchándose únicamente a sí mismo.
Pensar con rigor filosófico significa, por tanto, buscar la verdad sin creer que la poseemos entera; aspirar a la objetividad sin negar nuestra perspectiva; usar la razón sin convertirla en soberbia; y ejercer la crítica sin caer en la desconfianza estéril. La filosofía comienza allí donde alguien se atreve a preguntar, ofrece razones, escucha las objeciones y permite que la realidad tenga la última palabra.
Pensar filosóficamente no es levantar una muralla de certezas, sino abrir una ventana hacia lo real. Es dejar que la verdad nos alcance, incluso cuando desordena nuestras seguridades y nos obliga a comenzar de nuevo. Tal vez por eso la filosofía sigue siendo necesaria: porque nos enseña a no vivir de espaldas a las preguntas. Allí donde alguien busca con humildad, razona con rigor y escucha con honestidad, la verdad deja de ser una consigna y se convierte en camino.
Importante reflexión Gracias
ResponderEliminarInteresante reflexión, que valoro en lo que me concierne, habiendo sido yo profesor de Filosofía.
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