La pregunta parece sencilla: ¿pertenece la inteligencia artificial a las matemáticas o a las ciencias sociales? Pero quizá esté mal formulada. La inteligencia artificial no cabe ya dentro de una sola disciplina. Nació del cálculo, de la lógica, de la estadística y de la informática; sin ellas sencillamente no existiría. Pero una cosa es saber de qué está hecha una herramienta y otra comprender qué sucede cuando esa herramienta entra en nuestra vida. Y la inteligencia artificial ya ha entrado. No vive solamente en los ordenadores: vive entre nosotros.
Las matemáticas están en sus entrañas. Algoritmos, probabilidades, vectores, matrices y modelos permiten que una máquina encuentre regularidades allí donde nosotros apenas vemos una enorme acumulación de datos. Pero un esqueleto no explica todavía una vida. En cuanto la IA recomienda una noticia, selecciona un candidato, ayuda a elaborar un diagnóstico, interviene en una clase, orienta una compra o conversa con una persona, hemos abandonado el territorio exclusivo del cálculo. Entonces aparecen inevitablemente las ciencias sociales, porque ya no preguntamos solamente cómo funciona, sino qué hace con nosotros.
Por eso, si tuviera que elegir entre las dos alternativas, me inclinaría hacia las ciencias sociales. No porque pueda prescindirse de las matemáticas —sería absurdo—, sino porque una tecnología alcanza su verdadero significado cuando entra en relación con las personas. El automóvil pertenece a la ingeniería, pero transformó las ciudades, las distancias y hasta nuestra manera de imaginar el tiempo. Internet nació de tecnologías muy concretas y terminó cambiando la conversación pública. Algo semejante, probablemente con mayor profundidad, está ocurriendo con la inteligencia artificial.
Hay además algo que ninguna ecuación puede decidir por nosotros. Un algoritmo puede calcular probabilidades, pero no determinar qué sociedad queremos construir. Puede proponer posibilidades, pero no asumir responsabilidad moral. Puede reproducir nuestra lengua, pero no sustituir el significado humano de una palabra pronunciada a tiempo. Puede ayudarnos a resolver un problema, pero no decidir por sí mismo qué problemas merecen realmente nuestra atención. Ahí comienza ese territorio fronterizo en el que tecnología y humanidades tienen que sentarse a la misma mesa.
De ahí que quizá la palabra más adecuada no sea interdisciplinariedad, sino transdisciplinariedad. No necesitamos matemáticos encerrados con sus algoritmos por un lado y sociólogos, pedagogos, filósofos, juristas o historiadores contemplando desde lejos sus consecuencias por otro. Necesitamos preguntas compartidas. Quien diseña la tecnología debe preguntarse por el ser humano al que llegará; y quien estudia la sociedad necesita comprender la lógica de aquello sobre lo que pretende pronunciarse. Ninguna disciplina pierde identidad por conversar con otra.
En educación esto resulta especialmente evidente. La cuestión no consiste en elegir apresuradamente entre prohibir la inteligencia artificial o entregarnos a ella. Habrá que enseñar a utilizarla, pero también a interrogarla; aprovechar su capacidad sin delegarle el juicio; descubrir sus posibilidades y reconocer sus límites. Saber formular un buen prompt puede resultar útil, pero más importante será saber por qué preguntamos, qué aceptamos como respuesta y qué hacemos después con ella. La auténtica alfabetización en inteligencia artificial tendrá que ser crítica, ética y humana.
Quizá, finalmente, la IA no pertenezca ni a las matemáticas ni a las ciencias sociales porque pertenece ya, de algún modo, a nuestro tiempo. Las matemáticas hicieron posible que existiera; las ciencias sociales tendrán mucho que decir sobre aquello en lo que puede convertirnos. Entre unas y otras queda nuestra responsabilidad. Porque la gran pregunta no será cuánto llegará a saber la inteligencia artificial sobre nosotros, sino cuánto seguiremos sabiendo nosotros acerca de lo que significa ser humanos.
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