Hay discursos que pertenecen a una fecha y otros que terminan escapando de ella. El 22 de septiembre de 2011, Benedicto XVI habló ante el Parlamento Federal alemán y dejó una de esas intervenciones que ganan interés con el paso del tiempo. No fue propiamente un discurso religioso, aunque lo pronunciara un Papa, sino una reflexión sobre la política, el derecho, la razón y los fundamentos de nuestra civilización. Casi al concluir formuló una expresión memorable: Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Grecia y Roma. Tres nombres geográficos que son, en realidad, tres maneras complementarias de comprender al ser humano y la convivencia.
Jerusalén representa la convicción de que el poder nunca es absoluto, porque existe una instancia moral anterior al propio poder. Benedicto XVI comenzó recordando a Salomón, quien al asumir el gobierno no pidió riqueza ni victoria sobre sus enemigos, sino un corazón capaz de distinguir el bien del mal. La tradición bíblica incorporó así a nuestra cultura una idea decisiva: el gobernante también está sometido a la justicia y la persona posee una dignidad que no depende de su utilidad, de su fuerza ni siquiera de la decisión de una mayoría. Quizá siga siendo difícil encontrar un mejor programa para quien recibe una responsabilidad pública.
Grecia añadió la confianza en que la razón puede preguntar por la verdad de las cosas. No basta querer hacer el bien; necesitamos preguntarnos qué es bueno, qué es justo y qué corresponde verdaderamente al ser humano. La filosofía griega enseñó a Occidente que la razón no consiste solamente en calcular o en conseguir resultados eficaces. Sócrates, Platón y Aristóteles dejaron abierta una cuestión imprescindible: ¿existe una justicia capaz de juzgar incluso las leyes que nosotros mismos promulgamos? Cuando dejamos de formular esa pregunta corremos el riesgo de identificar lo legal con lo justo.
Y después está Roma, que convirtió aquella búsqueda en instituciones, categorías jurídicas y formas concretas de convivencia. Si Jerusalén recordó la responsabilidad ante el bien y Grecia enseñó a buscar racionalmente la verdad, Roma comprendió que la justicia necesita hacerse derecho. De ahí procede una parte fundamental de nuestra concepción de la ciudadanía, de la ley y de la limitación del poder. Europa no nació, por tanto, de una sola raíz, sino de un encuentro. Las grandes culturas no se construyen desde el aislamiento, sino desde la fecundidad del diálogo entre tradiciones diferentes.
Benedicto XVI planteó además una advertencia que hoy resulta todavía más actual. Una razón que considere verdadero únicamente aquello que puede medirse, comprobarse experimentalmente o traducirse en cálculo acaba resultando demasiado estrecha para sostener una sociedad humana. Con ella podemos desarrollar extraordinarias tecnologías, pero no responder por qué debemos respetar siempre la dignidad de una persona, cuándo una ley se vuelve injusta o cuáles son los límites morales del poder. Su imagen resulta especialmente expresiva: podemos terminar viviendo en un edificio de cemento armado, perfectamente construido, pero sin ventanas. La inteligencia artificial, la biotecnología y nuestra creciente capacidad para transformar la realidad hacen todavía más urgente esta cuestión. Que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse. Entre el «podemos» y el «debemos» se abre precisamente el espacio de la ética.
Por eso aquel discurso no debería leerse como la defensa nostálgica de una Europa desaparecida. Benedicto XVI no proponía regresar al pasado, sino recordar aquello sin lo cual difícilmente podremos construir el futuro. Jerusalén, Grecia y Roma continúan formulándonos tres preguntas fundamentales: ¿qué es bueno?, ¿qué es verdadero?, ¿qué es justo? Quizá una parte de nuestra crisis consista precisamente en haber querido responder a la tercera olvidando las dos primeras. Seguimos necesitando una conciencia abierta al bien, una razón que escuche la realidad y un derecho capaz de proteger a la persona. Las raíces no sirven para permanecer bajo tierra. Sirven para alimentar aquello que todavía puede crecer.
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