Hay imágenes que cuentan mucho más de lo que muestran. El enorme tocón que ha quedado junto a la Catedral de La Laguna, allí donde durante tantos años estuvo el drago, tiene algo de fotografía de una ausencia. Uno pasa, mira y descubre de pronto un vacío que antes no existía. El árbol cayó, - o la planta, como indican los especialistas- pero su caída deja en pie una pregunta. Porque hay cosas que forman parte de un lugar de manera tan discreta que solo advertimos cuánto significaban cuando dejan de estar.
Los árboles poseen una manera particular de habitar las ciudades. No tienen prisa. Ven pasar generaciones, obras, procesiones, fiestas, silencios, discusiones y encuentros. Mientras nosotros medimos nuestra vida en años, ellos parecen medirla en otra escala. Aquel drago estaba allí viendo entrar y salir a los laguneros de la Catedral, acompañando sin protagonismo la vida cotidiana de la plaza. Quizá por eso, cuando cae un árbol antiguo, no desaparece solamente una planta: desaparece también un pequeño testigo de nuestra memoria.
La imagen resulta especialmente poderosa porque detrás permanece la Catedral. La piedra sigue en pie mientras el árbol ha caído. Y, sin embargo, tampoco la piedra es eterna. Todo aquello que recibimos necesita cuidado. Los edificios, las plazas, los árboles, las tradiciones y hasta las instituciones que creemos aseguradas pueden deteriorarse cuando dejamos de atenderlas. Las ciudades no se conservan solas. Son una herencia que cada generación recibe provisionalmente y tiene la obligación de entregar a quienes vienen detrás.
Quizá el drago caído pueda convertirse así en una metáfora de nuestro tiempo. Nos acostumbramos con demasiada facilidad a aquello que creemos permanente. Pensamos que siempre estarán los árboles, el patrimonio, las costumbres, los vínculos entre vecinos o incluso determinadas maneras de convivir. Hasta que un día descubrimos el hueco. Entonces comprendemos que cuidar no significa intervenir cuando algo ya se ha perdido, sino aprender a mirar antes, prestar atención, anticiparse y reconocer el valor de las cosas mientras todavía están entre nosotros.
Pero un árbol caído habla también de las raíces. Las que ahora quedan a la vista sostuvieron durante años aquello que contemplábamos sobre la superficie. Ocurre igual con las ciudades. La Laguna es mucho más que sus fachadas y sus calles: vive de unas raíces históricas, culturales, religiosas y humanas que no siempre se ven, pero que la sostienen. Una ciudad puede conservar impecablemente sus edificios y, sin embargo, perder algo esencial si olvida la memoria que les dio sentido. Tener raíces no significa vivir mirando hacia atrás; significa saber desde dónde podemos seguir creciendo.
Hay además algo esperanzador en la propia naturaleza. La caída no tiene por qué ser la última palabra. Donde un árbol desaparece puede nacer otro, y donde queda un vacío podemos decidir qué hacemos con él. Sería hermoso que aquel lugar no quedara simplemente como recuerdo de una pérdida, sino que nos ayudara a pensar en el patrimonio vegetal de nuestra ciudad y en la responsabilidad de cuidarlo. Plantar, proteger y acompañar el crecimiento de un nuevo árbol puede ser también una forma de memoria: no sustituir lo perdido como si nada hubiera ocurrido, sino continuar la historia.
Tal vez dentro de algunos años alguien pase por ese mismo lugar y contemple un nuevo drago creciendo junto a la Catedral. No habrá conocido al anterior, pero acaso alguien le contará que allí estuvo otro durante mucho tiempo y que un día cayó. Así funciona la memoria de las ciudades: unas generaciones cuentan a otras aquello que recibieron. El viejo drago ya no está, pero nos deja una última lección. También lo que parece fuerte necesita cuidado; también lo que tiene raíces puede caer. Y quizá amar una ciudad consista precisamente en eso: aprender a cuidar aquello que no queremos echar de menos mañana.
Sí, así es; ver el drago abatido y descoyuntado me produjo una gran tristeza, cual ser vivo que era desplomado sobre el pavimento. Vendrá otro espécimen a sustituirlo, pero ya no será el mismo, con toda la historia de vida que cargaba en su ser.
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