Hay plazas que se recorren y plazas que, sin saber muy bien por qué, terminan habitándonos. La de Santo Domingo, en La Laguna, pertenece a esta segunda especie. La piedra, la fachada ocre del antiguo convento, la torre oscura recortada contra el cielo, el ir y venir de quienes atraviesan la ciudad y ese silencio peculiar que todavía sobrevive entre el tráfico componen un pequeño escenario donde los siglos parecen hablar entre sí. Después de su reciente intervención, algo nuevo ha aparecido allí, discretamente, casi como quien pide permiso para entrar en una conversación antigua: un árbol joven.
Todo indica que se trata de un árbol de Júpiter, Lagerstroemia indica, conocido también como lila de las Indias. Todavía es pequeño. Lo sostienen unos tutores de madera que delatan su fragilidad y recuerdan que todo lo que algún día dará sombra comenzó necesitando protección. Sus hojas son sencillas, redondeadas, de bordes limpios; algunas muestran tonalidades cobrizas cuando nacen y después adquieren el verde de la madurez. Con el tiempo, si arraiga bien, llegará también su floración abundante, delicada, casi festiva. Será entonces cuando ese pequeño árbol que hoy apenas reclama nuestra mirada se convierta en uno de los signos visibles de la plaza.
Su nombre resulta especialmente sugerente: árbol de Júpiter. Júpiter era para los romanos el dios del cielo, de la luz y del orden, la divinidad que presidía desde lo alto el devenir de los hombres. Resulta curioso que un árbol con semejante nombre haya terminado creciendo junto a una iglesia cristiana, delante de un antiguo convento dominico y bajo una espadaña que, desde hace siglos, señala otro cielo. No hace falta forzar ninguna alegoría. Basta contemplar cómo las culturas van dejando palabras, símbolos y recuerdos que unas generaciones entregan a las siguientes. Roma permanece en nuestros nombres; el cristianismo transformó nuestra manera de mirar el tiempo; y un árbol puede contener, silenciosamente, ambas memorias.
Quizá sea precisamente eso lo hermoso. Mientras los edificios que rodean la plaza hablan de permanencia, el árbol habla de crecimiento. La piedra parece haber llegado; el árbol está llegando. El templo conserva memoria; la planta inaugura futuro. Cada nueva hoja modifica ligeramente su forma y cada año será distinto del anterior. Frente a la arquitectura que intenta vencer al tiempo, el árbol lo acepta. Crece dentro de él. Tal vez por eso los árboles poseen una sabiduría elemental que los seres humanos olvidamos con facilidad: vivir no consiste en permanecer idénticos, sino en seguir siendo nosotros mismos mientras cambiamos.
También hay una pequeña lección en esos tutores de madera que ahora lo sostienen. Ningún árbol nace fuerte. Necesita tierra, agua, cuidado y alguien que lo proteja mientras sus raíces encuentran profundidad. Lo mismo sucede con las personas, con las instituciones y hasta con las ciudades. Nos gusta admirar aquello que ha resistido siglos, pero pocas veces pensamos en cuánto cuidado fue necesario para que llegara hasta nosotros. La cultura, la convivencia, el patrimonio o la fe no se conservan por inercia. Cada generación recibe algo frágil y tiene que decidir si lo abandona o lo cuida.
El árbol introduce además en la plaza algo que ninguna restauración arquitectónica puede fabricar: vida. La piedra devuelve la luz; la madera envejece; las fachadas cuentan historias. Pero solo lo vivo crece, enferma, cicatriza, florece y vuelve a empezar. Dentro de algunos años habrá personas que pasarán bajo su copa sin recordar cuándo fue plantado. Algunas se sentarán cerca, otras esperarán a alguien, los niños quizá jugarán bajo sus ramas y algún anciano encontrará allí unos minutos de sombra. El árbol habrá entrado entonces en esa forma humilde de eternidad que consiste en formar parte de los recuerdos de otros.
Por eso me gusta pensar que el pequeño árbol de Júpiter de la plaza de Santo Domingo no es simplemente un elemento de jardinería urbana. Es todavía demasiado joven para dar una gran sombra, pero ya puede regalarnos una metáfora. Ante una iglesia que lleva siglos contemplando pasar generaciones, alguien ha plantado algo cuyo futuro no veremos completo. Quizá esa sea una de las formas más hermosas de esperanza: plantar aquello cuya sombra disfrutarán otros. Dentro de muchos años, cuando sus ramas sean grandes y nadie recuerde nuestras prisas de hoy, el árbol seguirá haciendo silenciosamente lo que hacen los árboles desde siempre: hundirse en la tierra, abrirse al cielo y recordarnos que entre ambos lugares transcurre la aventura humana.
Precioso artículo. Gracias
ResponderEliminar