Destino: La Trinidad



Hay frases que uno busca durante horas y otras que llegan por megafonía. Basta subir al tranvía desde Santa Cruz hacia La Laguna y prestar atención. En algún momento, la voz automática, perfectamente neutra y ajena a cualquier intención teológica, anuncia: «Próxima parada: La Cruz del Señor. Destino: La Trinidad». Después añade alguna indicación práctica sobre el andén. Pero para entonces, si uno estaba verdaderamente escuchando, ya ha dicho bastante. 

La Cruz del Señor. Destino: La Trinidad. Es difícil condensar en menos palabras una parte sustancial de la experiencia cristiana. La cruz aparece situada en el camino, pero no como término del viaje. Es estación, tránsito, paso. El destino está más allá. Y quizá ahí se encuentre una de las afirmaciones más hermosas que pueden hacerse sobre la cruz: la cruz tiene sentido porque tiene dirección. 

Nos hemos acostumbrado tanto a verla que corremos el riesgo de no mirarla. Está en las iglesias, en las plazas, al borde de algunos caminos y hasta da nombre a barrios y lugares de nuestras ciudades. Pero el cristianismo nunca ha afirmado que el sufrimiento posea valor por sí mismo. No ama el dolor ni convierte la desgracia en virtud. La cruz cristiana solo puede comprenderse desde aquello hacia lo que conduce. Sin Pascua, sería únicamente un patíbulo; sin amor, una derrota; sin esperanza, un absurdo. 

También nuestras pequeñas cruces necesitan dirección. Hay dolores que no elegimos, pérdidas que no comprendemos, cansancios que se acumulan y momentos en los que la vida parece detenerse precisamente en una estación en la que nadie habría querido bajar. No siempre podemos explicar lo que nos sucede. Mucho menos justificarlo. Pero podemos preguntarnos hacia dónde caminamos con ello. Porque una cosa es sufrir sin horizonte y otra atravesar el sufrimiento sabiendo que nuestra existencia no termina allí. 

Y el curioso anuncio del tranvía todavía dice algo más: «destino: La Trinidad». Para el viajero significa llegar al intercambiador lagunero. Para quien escucha desde la fe, la coincidencia resulta deliciosamente sugerente. El destino último del cristiano no es una idea, ni siquiera un lugar: es comunión. La Trinidad significa que en el corazón mismo de Dios hay relación, donación y encuentro. Venimos del amor y hacia el amor caminamos. 

Quizá por eso la imagen sirve también para quienes viajan cada mañana sin hacerse demasiadas preguntas teológicas. Todos necesitamos saber que nuestras cruces no son destinos. La enfermedad, el fracaso, la soledad, una decepción o la pérdida de alguien querido pueden ocupar durante algún tiempo buena parte del paisaje, pero ninguno de ellos tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre una vida. Siempre debe quedar abierta alguna dirección hacia el encuentro, hacia los otros, hacia la esperanza. 

Me gusta pensar que nuestras ciudades conservan estas pequeñas parábolas escondidas. Pasamos junto a ellas apresuradamente mientras miramos el teléfono o pensamos en lo que tenemos que hacer al llegar. Y, sin embargo, basta escuchar. Entre Santa Cruz y La Laguna, una voz electrónica repite varias veces al día una frase que probablemente nunca pretendió decir tanto. 

La próxima vez que la escuche quizá sonría. «La Cruz del Señor. Destino: La Trinidad». Luego se abrirán las puertas, subirán unos pasajeros, bajarán otros y el tranvía continuará su recorrido hacia La Laguna. Como la vida. Porque hay estaciones que atravesamos, pero en las que no estamos llamados a quedarnos. La cruz puede formar parte del camino. Nunca es el destino.

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