Hay pensadores a los que uno llega buscando respuestas y otros que terminan cambiando las preguntas. Hans Urs von Balthasar pertenece, probablemente, a estos últimos. Teólogo suizo, hombre de una cultura desbordante, lector de los clásicos, de los Padres de la Iglesia, de la gran literatura europea y de la música, dedicó buena parte de su vida a una intuición que hoy resulta extrañamente provocadora: quizá no podamos comprender del todo la verdad si hemos perdido la capacidad de reconocer su belleza.
Vivimos rodeados de imágenes y, sin embargo, no está claro que sepamos mirar. Nunca habíamos dispuesto de tantas fotografías, pantallas, vídeos y estímulos capaces de reclamar nuestra atención; pero precisamente por eso corremos el peligro de pasar rápidamente de una cosa a otra sin que ninguna llegue verdaderamente a alcanzarnos. Ver no es todavía contemplar. Contemplar exige detenerse, dejar que algo se manifieste y admitir que la realidad puede decirnos algo que nosotros no habíamos decidido previamente escuchar.
Balthasar comprendió que esta cuestión tenía una enorme importancia para el cristianismo. Durante siglos hablamos de Dios recurriendo a tres grandes palabras: verdad, bondad y belleza. Pero la modernidad fue arrinconando poco a poco la tercera. La verdad quedó muchas veces reducida a demostración; el bien, a obligación; y la belleza terminó confinada al terreno del gusto, la decoración o el entretenimiento. El resultado no es pequeño. Una verdad que no resulta admirable puede terminar pareciendo fría; y un bien que no se percibe como hermoso acaba convirtiéndose con facilidad en una carga.
Por eso Balthasar comienza su gran obra teológica devolviendo a la belleza el lugar que había perdido. No habla, naturalmente, de lo bonito ni de lo agradable. Hay bellezas que inquietan, heridas que revelan, rostros envejecidos que contienen más verdad que muchas imágenes perfectas. La belleza de la que habla es la capacidad de la realidad para hacerse presente con tal fuerza que nos obliga a salir de nosotros mismos. Ante lo verdaderamente bello no preguntamos primero para qué sirve. Simplemente nos detenemos. Algo nos ha alcanzado.
Quizá por eso el cristianismo no comienza con una teoría, sino con un encuentro. Unos hombres escucharon una voz, compartieron un camino, vieron determinados gestos y descubrieron en aquel rostro una forma nueva de comprender a Dios y de comprender al ser humano. Para Balthasar, Cristo no es solamente alguien que comunica verdades acerca de Dios: en él la verdad toma forma. Se puede mirar, escuchar, tocar. El cristianismo afirma algo formidable: que lo eterno ha querido hacerse visible en lo concreto, que Dios ha aceptado entrar en nuestra historia y tener rostro.
Aquí aparece una consecuencia especialmente sugerente para nuestro tiempo. Estamos acostumbrados a intentar que la realidad encaje en nuestras ideas. Seleccionamos los hechos, los acontecimientos e incluso a las personas según confirmen o desmientan aquello que previamente pensamos. Balthasar invita al movimiento contrario: permitir que sea la realidad la que tenga la primera palabra. Contemplar significa precisamente eso. No imponer inmediatamente nuestras categorías, sino conceder a lo real el tiempo suficiente para que pueda mostrarnos lo que da de sí.
Y entonces aparece el amor. Porque solamente quien ama aprende verdaderamente a mirar. Amar a una persona significa descubrir en ella algo que no puede reducirse a utilidad, rendimiento, ideología, éxito o fracaso. Significa afirmar: tú vales por ti mismo. Tal vez esta sea una de las enseñanzas más hermosas que podemos recuperar de Balthasar. En una sociedad extraordinariamente capacitada para clasificar a las personas, necesitamos reaprender a contemplarlas. La dignidad comienza muchas veces por una mirada que no convierte al otro en objeto.
Acaso por eso seguimos necesitando la belleza. No para escapar de un mundo difícil, sino para penetrar más profundamente en él. La belleza de una obra de arte, de una conversación verdadera, de una celebración, de una vida entregada o de un gesto silencioso de bondad puede abrir una grieta en nuestra indiferencia. Y a través de esa grieta vuelve a entrar la realidad. Balthasar nos recuerda que la verdad no siempre llega haciendo ruido. A veces se acerca discretamente, adquiere una forma y espera. Lo único que necesita de nosotros es que todavía sepamos mirar.
Una maravilla de artículo Gracias
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