YA LA SELECCIÓN ESPAÑOLA DE FÚTBOL GANÓ


Cuando escribo estas líneas aún desconocemos el resultado final. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, pase lo que pase el domingo, la selección española ya ha ganado. Y lo ha hecho en un terreno mucho más importante que en el marcador. Ha ganado porque, durante estas semanas, ha mostrado a millones de jóvenes que el éxito no nace del individualismo, sino de la capacidad de convertirse en un verdadero equipo. 

El ambiente mayoritario, con frecuencia, premia al protagonista solitario, al que busca el foco, al que convierte el “yo” en la medida de todas las cosas. Frente a esa lógica, esta selección ha ofrecido una lección distinta. Nadie parece jugar para sí mismo. Cada carrera, cada desmarque y cada esfuerzo silencioso tienen sentido porque ayudan al compañero. Es la vieja verdad de que el talento deslumbra, pero el servicio construye. 

El fútbol, como la vida, termina revelando que una suma de grandes individualidades no garantiza un gran equipo. Hace falta algo más profundo: confianza mutua, disciplina compartida, sacrificio, capacidad para aceptar el propio papel y alegría por el éxito del otro. Esa armonía no surge por casualidad. Requiere tiempo, liderazgo y una cultura común que permita que cada uno dé lo mejor de sí sin eclipsar a los demás. 

Quizá por eso resulta tan significativa la figura del seleccionador don Luis de la Fuente. Más allá de los planteamientos tácticos, ha sabido ejercer una autoridad serena que no se impone desde el miedo, sino desde la convicción. Ha dirigido una auténtica polifonía, donde cada jugador conserva su personalidad, pero ninguno desafina buscando protagonismo. Como en una buena orquesta, la grandeza no consiste en que todos toquen más fuerte, sino en que cada instrumento encuentre el momento justo para servir a la obra común. 

No deja de ser igualmente sugerente que el seleccionador no esconda su identidad creyente. En una sociedad donde con frecuencia se invita a relegar las convicciones personales al ámbito privado, él las vive con naturalidad, sin convertirlas en propaganda ni en motivo de confrontación. La fe aparece así como una fuente de serenidad, esperanza y confianza, capaz de sostener el trabajo cotidiano y de afrontar la incertidumbre sin estridencias. 

Nuestros jóvenes necesitan referentes de este tipo. Personas que enseñen, con hechos más que con discursos, que el éxito puede convivir con la humildad; que la competitividad no excluye el respeto; que la excelencia exige sacrificio; y que nadie alcanza las metas importantes completamente solo. Son aprendizajes que trascienden el deporte y alcanzan la familia, la escuela, la universidad, la empresa y la propia convivencia ciudadana. 

También nuestras ciudades necesitan recuperar esta cultura de equipo. La misma Laguna, con su extraordinaria riqueza humana, cultural y asociativa, crece cuando las personas dejan de preguntarse únicamente qué pueden obtener y comienzan a preguntarse qué pueden aportar. Esa lógica del bien común, tan sencilla de formular y tan difícil de practicar, es la que convierte una suma de individuos en una auténtica comunidad. 

Por eso, pase lo que pase cuando el árbitro señale el final del partido, la selección española ya habrá conseguido una de sus victorias más valiosas. Nos habrá recordado que los grandes logros nunca pertenecen exclusivamente al más brillante, sino al grupo que aprende a caminar unido. Y esa lección, mucho más que una copa, merece ser celebrada “mundialmente”.

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