Este lunes, en la parroquia de Santo Domingo de Guzmán de La Laguna, Francisco Daniel Expósito de León será instituido en el ministerio del acolitado por nuestro obispo diocesano. A primera vista, pudiera parecer un acontecimiento pequeño, de esos que solo interesan a la vida interna de una comunidad cristiana. Sin embargo, cuando la Iglesia instituye a alguien para servir el altar, nos recuerda algo que desborda los muros del templo: la vida humana solo encuentra su verdadera altura cuando se convierte en servicio.
El acólito no recibe un honor, sino una misión. No se le coloca en un lugar para ser visto, sino junto a la mesa para ayudar a que otros se acerquen al misterio. En una cultura tantas veces marcada por la búsqueda de protagonismo, de visibilidad y de reconocimiento inmediato, un ministerio así resulta profundamente contracultural. Nos dice, con sencillez, que lo importante no es ocupar el centro, sino ayudar a que Cristo sea el centro; no es destacar, sino servir; no es apropiarse de nada, sino ofrecer la propia vida para que otros encuentren alimento, consuelo y esperanza.
Jesús no quiso ser seguido de cualquier manera. En el Evangelio, cada vez que los discípulos imaginaron el seguimiento como ascenso, poder o privilegio, Él los corrigió con paciencia y firmeza. Les habló de hacerse pequeños, de lavar los pies, de ocupar el último lugar, de perder la vida para encontrarla. Seguir a Jesús como Él quiere ser seguido significa dejar que los demás dejen de ser un obstáculo, una competencia o un decorado, para convertirse en los primeros destinatarios de nuestra existencia.
Por eso, el altar cristiano no puede entenderse sin el servicio. La Eucaristía no es una devoción encerrada en sí misma, ni un refugio espiritual para desentendernos del mundo. Es el sacramento del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada. Quien se acerca a la mesa del Señor aprende que la vida no se posee, se entrega; que el pan no se acumula, se parte; que la comunión con Dios se verifica en la comunión con los hermanos, especialmente con los más pobres, cansados, enfermos o solos.
La Palabra elegida para esta celebración habla de Elías, agotado en el desierto, a quien Dios sostiene con pan y agua para que pueda continuar el camino. También nosotros conocemos cansancios, desánimos y desiertos. Hay momentos en que el camino parece superior a nuestras fuerzas. Pero Dios no abandona. Nos despierta, nos alimenta y nos vuelve a poner en pie. El ministerio del acólito queda así unido a una certeza preciosa: la Iglesia existe para ayudar a que nadie camine sin alimento, sin compañía y sin esperanza.
También el Evangelio de la multiplicación de los panes ilumina este día. Los discípulos miran la multitud y ven un problema; Jesús mira la misma multitud y ve una misión. Ellos dicen: “despídelos”; Jesús responde: “dadles vosotros de comer”. Ahí se juega buena parte de la vida cristiana. Podemos despedir a los demás, apartarlos, clasificarlos, decir que no tenemos bastante para todos. O podemos poner en manos del Señor lo poco que somos y tenemos, para que Él lo convierta en abundancia.
En tiempos en que tantas relaciones se miden por la utilidad, el éxito o la conveniencia, el Evangelio nos sigue proponiendo otra lógica: la del servicio humilde y fiel. Tal vez por eso necesitamos tanto volver al altar. No para escapar de la realidad, sino para aprender allí el modo cristiano de estar en ella. Servir la mesa del Señor es aprender a servir la mesa de la vida. Y quien ha comprendido esto descubre que los demás no son secundarios: son, en Cristo, el lugar donde nuestra existencia encuentra su verdad.
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