El próximo domingo, La Laguna volverá a echarse a la calle para celebrar la Romería de San Benito Abad. La ciudad se vestirá de tradición, música, carretas, parrandas, trajes, productos de la tierra y memoria compartida. Pero este año hay un gesto especialmente significativo: la mención y presencia particular de San Cristóbal, patrón de la ciudad. Puede parecer un detalle más dentro de un programa festivo amplio, pero no lo es. Poner en relación a San Benito y San Cristóbal es una hermosa oportunidad para pensar qué ciudad somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos caminar.
San Benito Abad nos habla de la tierra. En La Laguna, su romería está profundamente vinculada al mundo agrícola, al agradecimiento por los frutos, al trabajo humilde del campo y a la memoria de quienes hicieron fecunda esta vega lagunera con sus manos, sus animales, sus aperos y su paciencia. San Benito no representa una espiritualidad desencarnada, sino una sabiduría que sabe que la vida se cultiva. Todo lo importante exige tiempo, cuidado, disciplina y espera. También una ciudad necesita ser cultivada.
San Cristóbal, por su parte, nos remite al camino. La tradición cristiana lo presenta como el gran portador, el que ayuda a cruzar, el que sostiene sobre sus hombros a quien no puede pasar solo. Su imagen ha estado muy unida a viajeros, caminantes y conductores, pero su sentido más profundo es todavía más amplio: San Cristóbal representa la responsabilidad de cargar con la vida del otro. No se trata solo de avanzar, sino de ayudar a que otros puedan avanzar también.
Entre San Benito y San Cristóbal aparece, por tanto, una preciosa pedagogía de ciudad. San Benito nos recuerda que La Laguna tiene raíces; San Cristóbal nos recuerda que La Laguna tiene camino. Uno mira a la tierra que alimenta; el otro, al tránsito que permite llegar. Uno evoca la fecundidad del campo; el otro, la hospitalidad del cruce. Uno nos enseña a permanecer y cuidar; el otro, a salir y acompañar. Una ciudad necesita ambas cosas: memoria y marcha, arraigo y apertura, tradición y futuro.
La Laguna no sería comprensible sin esa doble dimensión. Ha sido ciudad de tierra fértil, de ganados, de agua, de caminos interiores y de vida rural; pero también ha sido ciudad de paso, de encuentro, de universidad, de comercio, de cultura, de fe, de pensamiento y de acogida. Su condición histórica no se reduce a sus calles monumentales ni a sus edificios nobles. La Laguna es, sobre todo, una forma de vivir juntos: con sentido de vecindad, con memoria compartida y con capacidad de recibir al que llega.
Por eso una romería no debería entenderse solo como una manifestación exterior de folclore, por valiosa que esta sea. La romería es también una escuela popular de pertenencia. Nos recuerda que nadie existe aislado, que todos venimos de otros, que todos hemos recibido una herencia, que todos somos llevados por una comunidad antes de poder caminar por nosotros mismos. En San Benito agradecemos la tierra que nos sostuvo; en San Cristóbal reconocemos los hombros que nos ayudaron a cruzar.
Quizá ahí se encuentre la relación más profunda entre ambos santos: los dos nos hablan de servicio. San Benito sirve cultivando, ordenando, trabajando, bendiciendo la tierra y la vida cotidiana. San Cristóbal sirve cargando, acompañando, haciendo posible el paso. En un tiempo en el que a veces se impone la prisa, la confrontación o el individualismo, ambos nos invitan a recuperar una virtud esencial para la convivencia: vivir de tal manera que otros puedan vivir mejor.
Que San Benito y San Cristóbal se encuentren este año en la Romería puede ser mucho más que una coincidencia festiva. Puede ser una llamada a mirar La Laguna como una ciudad que cultiva y que acompaña, que conserva sus raíces y que no deja de caminar, que honra a sus mayores y abre espacio a los jóvenes, que celebra la tradición sin encerrarse en ella. Porque una ciudad verdaderamente humana no es solo la que tiene historia, sino la que sabe convertir su historia en responsabilidad, gratitud y futuro compartido.
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