CAMBIASTE MI LUTO EN DANZA



El salmo 29 contiene una de esas frases bíblicas que parecen escritas para acompañar toda una vida: “Cambiaste mi luto en danzas”. No dice que el luto no haya existido. No lo niega, no lo disimula, no lo maquilla. Habla de una transformación. Allí donde había duelo, tristeza, pérdida o abatimiento, Dios abre un espacio nuevo para la danza, para el gozo, para la gratitud. 

Tan real es el luto como la danza. Ambos pertenecen al misterio de lo humano. Hay una manera superficial de entender la alegría que consiste en negar el dolor, como si ser feliz fuera vivir de espaldas a la herida. Pero la Biblia no habla así. La Escritura conoce el llanto, el abandono, el cansancio, la noche, la enfermedad, la muerte y la injusticia. No es un libro escrito desde la evasión, sino desde la hondura de la existencia. 

Por eso el salmo no dice: “Nunca hubo luto”. Dice: “Cambiaste mi luto en danzas”. La experiencia creyente no consiste en quedar inmunizados frente al sufrimiento, sino en descubrir que el sufrimiento no tiene la última palabra. La fe no elimina mágicamente las lágrimas, pero las coloca ante Dios. Y cuando las lágrimas son presentadas ante Él, pueden convertirse en súplica, en confianza, en esperanza, en una forma nueva de mirar la vida. 

No hay vida humana sin luto. Lo sabe quien ha despedido a un ser querido, quien ha perdido una ilusión, quien ha visto romperse un proyecto, quien ha sentido que algo dentro se quedaba en silencio. El luto no se reduce al negro de un vestido ni a los días señalados después de una muerte. Hay lutos interiores, discretos, que no siempre se ven: despedidas, fracasos, enfermedades, cansancios, soledades, etapas que terminan. 

Pero tampoco hay vida humana sin danza. La danza representa la alegría que vuelve, el cuerpo que se levanta, el alma que recupera el ritmo, la comunidad que celebra, el corazón que agradece. Danzar es reconocer que la vida, a pesar de todo, sigue siendo don. Hay danzas solemnes y danzas sencillas: una mesa compartida, una risa inesperada, una visita que consuela, una canción, una fiesta de pueblo, una oración en paz, una noticia buena. 

El salmo nos enseña que la alegría verdadera no es ingenua. No nace de desconocer el dolor, sino de haber atravesado la noche y descubrir que amanece. Por eso la danza de la que habla el salmista tiene memoria. Es una alegría agradecida, humilde, consciente de su fragilidad. Quien ha conocido el luto sabe valorar de otra manera el gozo. Quien ha llorado de verdad entiende mejor la fiesta. 

En nuestra cultura, a veces oscilamos entre dos extremos: o escondemos el dolor para parecer fuertes, o desconfiamos de la alegría como si fuera una traición a los que sufren. La fe cristiana nos invita a integrar ambas dimensiones. Llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran. Acompañar el duelo y bendecir la fiesta. Estar junto al que sufre y no apagar la música cuando la vida vuelve a regalarnos motivos para celebrar. 

“Cambiaste mi luto en danzas” es, en el fondo, una confesión de esperanza. No afirma que todo sea fácil. No promete una vida sin heridas. Pero proclama que Dios puede visitar nuestras zonas más oscuras y hacer brotar en ellas una alegría nueva. El luto y la danza no son enemigos: forman parte del camino humano cuando este se abre al misterio de Dios. Y quizá por eso, cuando la danza llega después del luto, ya no es simple diversión: es gratitud, resurrección anticipada, alabanza.

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