Durante la visita del papa León XIV a Canarias se produjo una escena que, probablemente, habría pasado inadvertida si no tocara una fibra muy humana. Tanto en Gran Canaria como en Tenerife se le entregaron documentos procedentes de nuestros archivos históricos que apuntan a la existencia de antepasados vinculados con las islas. Más allá de la precisión genealógica de los datos, resultaba llamativo observar el interés que despertaba la noticia. Parecía que todos queríamos saber si el Papa tenía algo de canario.
La cuestión es sencilla: ¿por qué nos importa tanto? Al fin y al cabo, la misión de un Papa no depende de su lugar de nacimiento ni de la procedencia de sus antepasados. Su servicio a la Iglesia es universal. Sin embargo, cuando descubrimos un vínculo de sangre, aunque sea remoto, sentimos una alegría especial. Como si una parte de nuestra propia historia se asomara discretamente a la historia de alguien a quien admiramos.
Quizá porque los seres humanos no vivimos solo de ideas. Vivimos también de vínculos. Necesitamos saber de dónde venimos, quiénes son los nuestros y qué historias compartimos. Los apellidos, las fotografías antiguas, los árboles genealógicos o los relatos familiares no son simples curiosidades. Son intentos de responder a una pregunta que acompaña a toda persona: ¿a quién pertenezco?
Cuando alguien alcanza una relevancia extraordinaria, tendemos a buscar aquello que nos une a él. Ocurre con artistas, deportistas, científicos o líderes sociales. Nos gusta descubrir que estudiaron en nuestra ciudad, que vivieron cerca de nuestra casa o que compartieron alguna experiencia semejante a la nuestra. No es un acto de apropiación, sino una manera de acercar la grandeza a la cercanía. Queremos sentir que aquello admirable no nos resulta completamente extraño.
Sin embargo, esa búsqueda encierra también una enseñanza. Porque el parentesco biológico, siendo valioso, nunca es el vínculo más profundo que existe entre las personas. Las raíces familiares explican muchas cosas, pero no explican lo esencial. Lo verdaderamente decisivo no es compartir un apellido, una isla o una sangre determinada. Lo verdaderamente importante es compartir una misma condición humana, una misma dignidad y vocación al bien.
La tradición cristiana va todavía más lejos. Afirma que todos somos hijos de un mismo Padre y que en Cristo hemos sido llamados a reconocernos hermanos. Desde esa perspectiva, la pregunta sobre los posibles antepasados canarios del Papa adquiere una dimensión diferente. No necesitamos que sea de nuestra familia para sentirlo cercano. No necesitamos demostrar una fraternidad de sangre porque ya participamos de una fraternidad más amplia y profunda. Los Evangelios muestran que Jesús también tuvo que ayudar a sus contemporáneos a comprender esta diferencia entre los lazos de sangre y los lazos del espíritu. Cuando le anunciaron que su madre y sus parientes lo buscaban, respondió señalando a quienes escuchaban la palabra de Dios y la ponían en práctica. No rechazaba a su familia; ampliaba el concepto mismo de familia. También los discípulos vivieron esta experiencia. Los hermanos Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, compartían una fraternidad nacida de la sangre, pero la llamada de Jesús los introdujo en una fraternidad más amplia, la de quienes caminan juntos siguiendo un mismo ideal. El Evangelio no elimina los vínculos familiares; los ensancha hasta hacer de toda la humanidad una comunidad de hermanos llamados a reconocerse mutuamente como hijos de un mismo Padre.
Tal vez por eso la noticia ha despertado tanta simpatía. No porque necesitemos apropiarnos de nadie, sino porque revela un deseo muy humano: el deseo de sentir cerca a quienes apreciamos. Nos alegra descubrir que alguien puede ser, de algún modo, «uno de los nuestros». Pero la verdadera madurez consiste en comprender que, antes incluso de cualquier documento de archivo, ya lo era. Como también lo somos nosotros los unos para los otros.
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