SOÑAR, AMAR, SERVIR…


Tres verbos. No necesitan grandes explicaciones porque contienen una sabiduría que se abre paso por sí misma. Entre los himnos de la Liturgia de las Horas encontramos una expresión sencilla y luminosa: «soñar, amar, servir». Tres verbos que parecen modestos y cotidianos, pero que en realidad describen algunos de los rasgos más profundos de la condición humana. Quizá podríamos decir que una persona deja de ser plenamente ella misma cuando renuncia a soñar, cuando pierde la capacidad de amar o cuando olvida que la vida encuentra su sentido más auténtico en el servicio. 

Soñar es mucho más que imaginar. El sueño humano no es evasión de la realidad, sino una forma de anticipar lo que todavía no existe. Gracias a los sueños hemos construido ciudades, creado obras de arte, impulsado descubrimientos científicos y transformado sociedades enteras. Toda mejora comienza siendo un sueño alojado en el corazón de alguien que se atreve a creer que las cosas pueden ser mejores. Cuando una persona deja de soñar, se instala en la resignación. Cuando un pueblo deja de soñar, comienza a envejecer por dentro. Los sueños son el lenguaje de la esperanza. 

Pero los sueños, por sí solos, no bastan. También es necesario amar. El amor es la fuerza que da dirección y sentido a los sueños. Podemos imaginar grandes proyectos y alcanzar metas admirables, pero si todo ello no está orientado al bien de las personas, termina vaciándose de significado. Amar significa salir de uno mismo para reconocer el valor del otro. Significa descubrir que la felicidad nunca es completamente individual y que la vida adquiere profundidad cuando aprendemos a compartirla. El amor es lo que convierte nuestros sueños en algo verdaderamente humano. 

Vivimos, sin embargo, en una cultura que a menudo identifica el éxito con la acumulación, la visibilidad o el reconocimiento. Por eso resulta tan necesario recordar el tercer verbo del himno: servir. El servicio no es una actitud propia de quienes ocupan posiciones secundarias, sino una de las expresiones más elevadas de la grandeza humana. Sirve quien pone sus capacidades al servicio de los demás, quien comprende que los talentos recibidos encuentran su plenitud cuando se convierten en ayuda, consuelo, educación, cuidado o esperanza para otros. 

La experiencia demuestra que las personas más admiradas no son necesariamente las más poderosas ni las más ricas. Son aquellas cuya vida ha dejado una huella de bien en quienes las rodean. Padres y madres que se entregan silenciosamente a sus familias, docentes que dedican años a formar generaciones, sanitarios que alivian el sufrimiento, voluntarios que acompañan la soledad, personas sencillas que hacen del servicio una forma cotidiana de vivir. Ellos nos recuerdan que la verdadera grandeza rara vez hace ruido. 

Quizá la belleza de estos tres verbos reside precisamente en que se necesitan mutuamente. Los sueños sin amor pueden convertirse en ambición. El amor sin servicio corre el riesgo de quedarse en sentimiento. El servicio sin sueños puede perder horizonte y esperanza. Cuando las tres dimensiones se unen, aparece una forma de vivir capaz de transformar la realidad sin perder la humanidad. Soñar abre el futuro, amar orienta el camino y servir convierte las convicciones en hechos. 

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la prisa y la fragmentación, tal vez convenga volver la mirada hacia estas palabras sencillas nacidas de la sabiduría espiritual de la Iglesia. Soñar, amar y servir no son actividades reservadas a unos pocos. Son posibilidades abiertas a toda persona. Quizá ahí resida una buena definición de lo que significa vivir plenamente: mantener viva la capacidad de soñar un mundo mejor, cultivar un corazón capaz de amar y poner cada día nuestras manos al servicio de los demás.

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