La mano abierta

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La imagen de esta semana no muestra un rostro, sino unas manos. Y, sin embargo, lo dice casi todo. El Papa León XIV aparece tomando la mano de alguien anónimo. No sabemos su nombre, ni su historia, ni de dónde viene. Y quizá precisamente por eso la imagen tiene tanta fuerza: porque en esa mano caben muchas vidas. 

Podemos pensar en la inmigración, claro; en quienes llegan cansados, con miedo o con esperanza. Pero la acogida evangélica no se reduce a una frontera. Es una forma de mirar la vida. Acoger es hacer sitio al que llega, al que piensa distinto, al que sufre en silencio, al que se ha equivocado, al que no encaja, al que necesita una palabra y no un juicio. 

El Evangelio empieza muchas veces por un gesto pequeño: una puerta abierta, una mesa compartida, una mano tendida. Antes de explicar, Jesús se acercaba. Antes de corregir, miraba con misericordia. Antes de pedir cambios, ofrecía presencia. 

Esta imagen nos recuerda que la fe no se prueba solo en lo que decimos, sino en cómo tocamos las heridas del mundo. Acoger no es aprobarlo todo. Es reconocer primero la dignidad de todos. 

A veces, una mano basta para anunciar el Evangelio.

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