Considero que, por repetidas, hay expresiones que corren el riesgo de perder su capacidad de sorprendernos. Una de ellas es la expresión «el poder del justo» (Sal, 75, 10). En una sociedad acostumbrada a identificar el poder con la fuerza, la influencia, la riqueza o la capacidad de imponer la propia voluntad, hablar del poder del justo parece casi una contradicción. Sin embargo, la sabiduría bíblica nos invita a descubrir una forma de poder mucho más profunda y duradera que la que habitualmente ocupa los titulares.
Vivimos en una época fascinada por quienes tienen capacidad de influir. Admiramos a quienes acumulan seguidores, poseen recursos económicos o ejercen responsabilidades políticas y sociales. No hay nada malo en ello cuando ese poder se orienta al bien común. El problema surge cuando olvidamos que existe otra clase de autoridad, menos visible pero quizá más decisiva: la que nace de la coherencia moral. El justo posee un poder singular porque inspira confianza. Su fuerza no procede de lo que tiene, sino de lo que es. La justicia de la que habla la tradición bíblica no se limita al cumplimiento de normas. El justo es quien vive en verdad, quien procura actuar rectamente y quien busca el bien incluso cuando nadie lo observa. Su vida se convierte en una referencia para los demás. No necesita imponerse porque convence con el ejemplo. No necesita levantar la voz porque sus obras hablan por él. En un mundo donde tantas veces se confunde notoriedad con relevancia, el justo recuerda que la verdadera influencia nace de la integridad.
Existe un poder silencioso que transforma la sociedad mucho más de lo que solemos reconocer. Es el poder de quienes cumplen su palabra, de quienes trabajan honestamente, de quienes educan con paciencia, de quienes sirven sin buscar reconocimiento. Son personas que rara vez aparecen en los focos de la actualidad, pero sobre ellas descansa buena parte de la salud moral de una comunidad. Sin su presencia, las instituciones se vacían, la confianza se deteriora y la convivencia se vuelve más frágil.
La historia ofrece innumerables ejemplos de este poder discreto. Grandes transformaciones sociales han comenzado gracias a personas que carecían de medios extraordinarios, pero poseían una profunda convicción ética. Su autoridad no nacía del cargo que ocupaban, sino de la credibilidad que transmitían. La fuerza de figuras como Gandhi, Martin Luther King o Teresa de Calcuta no residía en la capacidad de imponer decisiones, sino en la coherencia entre sus palabras y su vida. El justo ejerce una influencia que brota de la autenticidad.
Quizá por eso el poder del justo resulta especialmente necesario en nuestro tiempo. La desconfianza hacia las instituciones, la polarización social y el descrédito de tantos referentes públicos han generado una creciente necesidad de personas creíbles. Más allá de ideologías o posiciones concretas, la sociedad necesita hombres y mujeres cuya conducta inspire respeto porque está sostenida por principios sólidos. El poder del justo consiste precisamente en recordar que la verdad, la honradez y el servicio siguen siendo capaces de transformar la realidad.
La expresión bíblica conserva así toda su actualidad. El poder más importante no siempre es el que domina, sino el que edifica; no es el que se impone, sino el que convence; no es el que genera temor, sino el que despierta confianza. El justo posee ese poder sereno y fecundo que nace de una vida recta. Tal vez no cambie el mundo de golpe, pero contribuye cada día a hacerlo más humano. Y en tiempos de incertidumbre, ese poder puede ser más necesario que nunca.
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