Hay imágenes que parecen hechas para recordarnos algo que sabemos, pero que solemos olvidar. Desde un avión, entre Madrid y Tenerife, por encima de las nubes, aparece el ocaso. Uno podría pensar que, al subir tan alto, la noche queda lejos. Pero no. También en las alturas llega el atardecer.
La imagen es hermosa y humilde a la vez. Hermosa, porque el horizonte se enciende con esa franja de luz que parece resistirse a desaparecer. Humilde, porque nos recuerda que todo termina: el día, el viaje, las fuerzas, las etapas, los proyectos, incluso aquello que parecía firme y seguro.
Por muy alto que volemos, por mucho que avancemos, por mucho que la técnica nos eleve sobre la tierra, seguimos siendo criaturas del tiempo. Todo caduca. Todo pasa. Y, sin embargo, el ocaso no es solo final. Es también preparación. La noche no llega para borrar la luz, sino para enseñarnos a esperarla de nuevo.
Quizá por eso esta imagen consuela. Porque nos dice que ningún final tiene la última palabra cuando se vive con esperanza. El mismo cielo que se oscurece guarda ya, en silencio, la promesa de la aurora.
También la vida tiene sus ocasos: despedidas, cansancios, pérdidas, cambios inesperados. Pero quien mira con fe descubre que cada atardecer puede convertirse en umbral. Algo termina, sí; pero algo puede comenzar.
Desde el cielo, camino de casa, el ocaso nos deja una lección sencilla: no temer demasiado a lo que acaba, porque muchas veces Dios está preparando, precisamente ahí, la luz nueva que aún no vemos.
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