El Mundial de fútbol tiene algo de liturgia civil planetaria. Durante unas semanas, millones de personas, separadas por lenguas, fronteras, culturas e historias, se sientan ante una misma pantalla, celebran una misma jugada y sufren una misma incertidumbre. Pocas realidades poseen hoy tanta capacidad de convocatoria global. Quizá por eso conviene preguntarse si el Mundial es solo un espectáculo deportivo o si puede ser también una ocasión para pensar qué tipo de humanidad estamos educando.
El Pacto Educativo Global, impulsado por el papa Francisco, nace de una intuición decisiva: educar no es solo transmitir conocimientos, preparar trabajadores o producir competencias útiles para el mercado. Educar es ayudar a construir una humanidad más fraterna, más justa, más abierta al otro y más capaz de cuidar la casa común. En ese sentido, el Mundial puede leerse como una gran metáfora educativa: el mundo entero reunido alrededor de un juego común.
Porque el fútbol, en su verdad más limpia, enseña algo elemental: nadie juega solo. Incluso el mayor talento necesita equipo. El delantero más brillante depende del pase de otro, del esfuerzo invisible del defensa, del portero que sostiene el ánimo en los momentos difíciles y de unas reglas que hacen posible el juego. La vida social también es así. Ninguna persona se construye aislada y ningún pueblo crece despreciando a los demás.
Pero el Mundial muestra también nuestras contradicciones. En torno al fútbol aparecen la belleza del encuentro y la sombra del negocio; la alegría popular y la mercantilización del deporte; la pasión legítima y el nacionalismo excluyente; la admiración por el talento y, a veces, el insulto, la violencia verbal o el desprecio al adversario. El balón puede unir, pero también puede revelar heridas profundas. Por eso necesita una mirada educativa.
Competir no debería significar destruir. Ganar no debería significar humillar. Perder no debería significar quedar descartado. Esta es una lección urgente para una época acostumbrada a clasificarlo todo en vencedores y vencidos, exitosos y fracasados, visibles e invisibles. El deporte enseña que se puede luchar con intensidad sin negar la dignidad del otro. El rival no es un enemigo: es quien hace posible el partido.
Desde Canarias, además, esta reflexión tiene una resonancia especial. Vivimos en unas islas abiertas al Atlántico, hechas de cruces, llegadas, partidas y mezclas. Sabemos que el mundo no es una idea abstracta, sino una realidad que llama a nuestras costas, atraviesa nuestras familias y forma parte de nuestra historia. El Mundial reúne banderas, acentos y memorias distintas. Canarias también sabe que la identidad no se defiende levantando muros, sino aprendiendo a convivir sin perder las propias raíces.
El fútbol no salvará el mundo, pero puede recordarnos algo que el mundo olvida con demasiada facilidad: que la vida se juega con otros, nunca contra todos; que las reglas comunes protegen la dignidad del juego; que el talento necesita comunidad; que la victoria sin nobleza vale poco; y que ninguna copa, por brillante que sea, merece la pena si nos hace olvidar la humanidad compartida. Ahí se encuentran el Mundial y el Pacto Educativo Global: en la tarea sencilla y enorme de aprender, de una vez, a jugar juntos.
Como recordó el papa León XIV en Barcelona, la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que se juega en equipo; por eso, quien no aprende a pasar la pelota tampoco ha entendido del todo el juego de vivir juntos.
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