«Levanta la mirada». Con ese lema llegará León XIV a España en una visita que lo llevará primero a Madrid, después a Barcelona y, finalmente, a Canarias. El próximo 11 de septiembre estará en Las Palmas de Gran Canaria y el día 12 en Tenerife. Desde esta isla emprenderá su regreso a Roma. No deja de tener algo de simbolismo que el último horizonte que contemple antes de volver a la sede de Pedro sea el horizonte atlántico, ese lugar donde Europa termina geográficamente y, al mismo tiempo, comienza a encontrarse con otros mundos.
Las islas conocen bien el valor de las despedidas y de las llegadas. Nuestra historia está tejida con travesías. Por nuestros puertos han pasado comerciantes, emigrantes, navegantes, misioneros y viajeros. Canarias ha sido siempre un territorio abierto, una tierra acostumbrada a mirar hacia fuera sin perder sus raíces. Quizá por eso la invitación a «levantar la mirada» encuentra aquí una resonancia especial.
Porque levantar la mirada no significa ignorar lo que ocurre a nuestros pies. Significa, precisamente, ser capaces de contemplar la realidad en toda su amplitud. Quien solo mira el suelo termina viendo obstáculos; quien se atreve a mirar el horizonte descubre también posibilidades. Las sociedades contemporáneas parecen debatirse entre ambas tentaciones: la del miedo que repliega y la de la esperanza que abre caminos.
No son tiempos sencillos. La incertidumbre internacional, las guerras, las migraciones, las fracturas sociales y la aceleración tecnológica alimentan una sensación de inquietud que atraviesa fronteras. También nosotros la conocemos. Y, sin embargo, la historia demuestra que los pueblos avanzan cuando son capaces de elevar la vista por encima de sus preocupaciones inmediatas y preguntarse qué merece verdaderamente la pena conservar, defender y transmitir.
La visita de un Papa nunca es únicamente un acontecimiento religioso. Es también una invitación a reflexionar sobre la persona humana, sobre la convivencia y sobre el sentido de la vida compartida. Creyentes y no creyentes pueden encontrar en ella una ocasión para preguntarse por aquellos valores que sostienen una sociedad cuando las circunstancias se vuelven complejas: la dignidad de cada persona, la solidaridad, la justicia y la esperanza.
Canarias representa hoy, además, una de las grandes fronteras humanas de Europa. Aquí llegan hombres y mujeres que buscan una oportunidad, cargados de sueños, de sufrimientos y de incertidumbres. Desde nuestras costas contemplamos cada día la fragilidad y la fortaleza de la condición humana. Quizá por eso sabemos que la dignidad no depende del lugar de nacimiento, del idioma o de la situación económica, sino de algo mucho más profundo.
Hay una hermosa coincidencia en que León XIV concluya su visita española precisamente en Tenerife. Las últimas imágenes de su viaje no serán las de las grandes avenidas de la capital ni las de los monumentos más conocidos de la península. Serán las de unas islas abiertas al océano. Un territorio que vive entre la tierra firme y el horizonte, entre la identidad propia y la vocación de encuentro. Un lugar desde el que resulta natural comprender que la vida siempre es más amplia que nuestras fronteras.
Por eso, desde Tenerife, queremos decirle sencillamente: bienvenido, León XIV. Bienvenido a esta tierra donde el mar enseña cada día que existen horizontes más allá de lo que alcanzan nuestros ojos. Y cuando regreses a Roma desde esta esquina atlántica de España, ojalá te lleves también el afecto de un pueblo que sabe que levantar la mirada no es dejar de ver la realidad, sino aprender a contemplarla con más profundidad, más humanidad y más esperanza.
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