AHORA, ASIMILÉMOSLO


Hace años, don Lucio González Gorrín, Rector que fue del Seminario Diocesano de Tenerife, contaba una anécdota que nunca he olvidado. El profesor de filosofía al que sustituyó impartiendo clase era ya un hombre mayor, reconocido por su sabiduría y por una formación construida más desde el estudio constante que desde los títulos académicos. En cierta ocasión conversaba con un sacerdote joven que acababa de regresar de Roma después de completar sus estudios. El recién llegado le describía con entusiasmo las magníficas bibliotecas de las universidades pontificias: sus colecciones, sus fondos antiguos, sus miles de volúmenes especializados. El anciano profesor escuchaba atentamente. 

Cada vez que el joven mencionaba una sección o una colección especialmente valiosa, el profesor interrumpía con una pregunta sencilla: «¿Y lo leíste?». Continuaba la descripción y volvía la misma pregunta: «¿Y lo tuviste en las manos? ¿Y lo hojeaste? Pero, sobre todo, ¿lo leíste?». Cuando terminó el relato sobre aquella impresionante acumulación de conocimiento, el viejo maestro guardó unos segundos de silencio y concluyó con una sonrisa cargada de ironía y sabiduría: «Muy bien. Ahora, asimílalo». 

Durante los últimos días hemos vivido algo semejante. La visita del papa León XIV a España nos ha dejado una abundancia extraordinaria de palabras, encuentros y enseñanzas. Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife han sido escenarios de discursos, homilías, mensajes, improvisaciones y gestos que se cuentan por decenas. Los medios de comunicación los han reproducido ampliamente. Muchos los hemos escuchado en directo; otros los hemos leído después. Hemos tomado nota de frases, titulares y mensajes especialmente significativos. 

Sin embargo, existe el riesgo de confundir la recepción de un mensaje con su verdadera acogida. Escuchar no es todavía comprender. Comprender no es todavía incorporar. Incorporar no es todavía vivir. Vivimos en una cultura que consume información con enorme rapidez. Pasamos de una noticia a la siguiente, de una declaración a otra, de un acontecimiento a otro, casi sin concedernos tiempo para que aquello que hemos escuchado encuentre un lugar estable en nuestra inteligencia y en nuestro corazón. 

Por eso la anécdota del viejo profesor resulta tan actual. No basta con haber escuchado al Papa. No basta con haber leído los resúmenes o compartido algunas de sus frases más inspiradoras. La cuestión decisiva es otra: ¿qué ha quedado dentro de nosotros? ¿Qué llamada concreta hemos reconocido? ¿Qué invitación a la conversión personal, a la esperanza, al compromiso evangelizador o a la caridad efectiva estamos dispuestos a asumir? 

La misión del Sucesor de Pedro consiste precisamente en confirmar en la fe a sus hermanos. Pero la confirmación no produce sus frutos automáticamente. Como sucede con la semilla del Evangelio, necesita tiempo para arraigar, crecer y dar fruto. La visita ya ha terminado. Los actos han concluido. Las plazas han quedado vacías y las cámaras se han apagado. Ahora comienza una etapa menos visible, pero mucho más importante: la del silencio reflexivo, la oración y el discernimiento. 

Quizá sea este el momento de recuperar las palabras de aquel viejo profesor de filosofía. Hemos escuchado. Hemos leído. Hemos contemplado. Hemos celebrado. Muy bien. Ahora toca asimilarlo. Porque la verdadera fecundidad de una visita apostólica no se mide por el número de asistentes ni por la repercusión mediática alcanzada, sino por la capacidad de transformar la vida de quienes han recibido su mensaje. Lo demás pertenece ya al pasado. La asimilación comienza ahora.

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