RECUPEREMOS EL ASOMBRO


Cada primavera, las parroquias se llenan de niños vestidos de fiesta, familias emocionadas y cámaras que intentan detener el tiempo. Las primeras comuniones forman parte de la memoria sentimental de nuestros pueblos y ciudades, también aquí, en San Cristóbal de La Laguna, donde la tradición religiosa sigue entrelazada con la vida cotidiana. Sin embargo, entre los preparativos, los trajes, las fotografías y las celebraciones familiares, conviene volver una y otra vez a la pregunta esencial: ¿qué significa realmente recibir la primera comunión? 

La Eucaristía no es únicamente un símbolo cultural ni un rito de paso asociado a la infancia. Para la fe cristiana constituye el corazón mismo de la vida creyente: la presencia real de Cristo entregándose como alimento. Y ahí surge una paradoja difícil de comprender. Muchos afirman creer en esa presencia, pero viven después como si nada extraordinario ocurriera en el altar. Si de verdad creemos que Él está presente, ¿cómo no desear acercarnos a recibirlo? ¿Cómo no convertir ese encuentro en el centro de la vida espiritual y no en un acontecimiento aislado destinado solo a una fotografía familiar? 

Tal vez el desafío de las primeras comuniones no sea únicamente preparar a los niños, sino también despertar nuevamente la fe de los adultos. Los niños llegan con una capacidad de asombro que muchas veces hemos perdido. Preguntan, esperan y se acercan al altar con una mezcla de inocencia y misterio que interpela a toda la comunidad. Pero el testimonio decisivo no lo reciben de los catecismos, sino de los mayores: de padres que oran, de familias que participan en la misa dominical y de creyentes que viven la Eucaristía como fuente de vida y no como simple costumbre social. 

La primera comunión debería ser, en realidad, el comienzo de un camino y no su meta. Nadie alimenta a un hijo una sola vez para después olvidarse de darle de comer. Del mismo modo, la vida espiritual necesita alimentarse continuamente. La Eucaristía sostiene la esperanza, fortalece el corazón y recuerda que Dios no permanece lejano, sino que ha querido quedarse en medio de los hombres. Por eso, cada comunión encierra una invitación silenciosa pero decisiva: si es verdad que está presente, entonces no hay gesto más lógico, más humano y más transformador que acercarse a recibirlo. 

Quizá una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo sea la de quienes dicen creer en Cristo, pero se mantienen lejos de la mesa donde Él mismo quiso quedarse. El Evangelio presenta a Jesús deseando ardientemente compartir su vida con los suyos, hasta el extremo de hacerse pan partido para todos. No se trata de una presencia fría ni simbólica, sino de una entrega permanente que espera ser acogida. Por eso resulta triste acostumbrarse a vivir espiritualmente a distancia, como si el encuentro con Él pudiera aplazarse indefinidamente. Ser prófugos de ese deseo ardiente de Jesús es, en el fondo, privarse de una cercanía que puede transformar la vida cotidiana desde dentro. 

Tal vez haya llegado el momento de redescubrir la Eucaristía no como obligación, sino como respuesta de amor. Nadie obliga a quien se sabe esperado y amado. Cristo sigue invitando con paciencia, especialmente a quienes se alejaron, se cansaron o redujeron la fe a una tradición ocasional. Y quizá las primeras comuniones puedan convertirse también en una llamada para los adultos: volver a acercarse, recuperar el sentido del domingo, reconciliarse con Dios y dejar de vivir como espectadores de una mesa preparada también para ellos. Porque cuando el corazón comprende que Jesús desea realmente quedarse con nosotros, entonces ya no busca excusas para huir, sino caminos para volver.

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