Hay partidos que parecen decididos antes del pitido final. Cuando el cansancio pesa, cuando el marcador aprieta y cuando las fuerzas no son las mismas que al comienzo, aparece la prórroga. Ese tiempo añadido que algunos viven como un castigo y otros como una oportunidad. También la vida tiene sus prórrogas: etapas inesperadas, años que no estaban en nuestros planes, circunstancias que obligan a seguir jugando cuando uno pensaba que todo estaba ya resuelto.
El problema es que muchas veces afrontamos la prórroga con mentalidad de derrota. Creemos que ya solo queda resistir, aguantar o dejar pasar el tiempo. Y, sin embargo, las grandes victorias suelen nacer precisamente ahí, cuando parecía que todo estaba agotado. La prórroga no debería vivirse con la debilidad del final, sino con la pasión del comienzo. Porque mientras queda tiempo, queda vida; y mientras queda vida, sigue habiendo posibilidad de entrega, de amor, de lucha y de esperanza.
Los viejos toreros decían aquello de “hasta el rabo todo es toro”. La expresión popular encerraba una sabiduría profunda: nunca hay que confiarse antes de tiempo ni rendirse antes del último instante. En la plaza, como en la vida, el desenlace puede cambiar en el último minuto. Cuántas personas descubren su mejor versión precisamente cuando atravesaban el tiempo añadido de sus fuerzas, de sus proyectos o incluso de sus sueños.
Quizá por eso conviene mirar la prórroga no como un tiempo sobrante, sino como un regalo. Hay minutos que valen más que años enteros. Y hay finales que, vividos con intensidad y dignidad, terminan convirtiéndose en el mejor tramo del partido. Porque lo decisivo no es cuánto tiempo queda, sino con qué pasión decidimos jugarlo.
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