Vivimos instalados en la ilusión de que todo puede ser previsto, calculado y asegurado. Hemos construido una sociedad obsesionada con el control: control de los riesgos, de las emociones, de la salud, del futuro, de las relaciones y hasta de la propia muerte. Nos incomoda profundamente aquello que irrumpe sin permiso, lo inesperado, lo accidental, lo incierto. Y, sin embargo, la vida sigue recordándonos, una y otra vez, que no está hecha a la medida de nuestras seguridades.
Durante años se nos ha vendido la idea de que el progreso consiste en eliminar toda fragilidad. La técnica promete reducir el margen de error; la burocracia pretende reglamentar cada circunstancia; la economía busca prever cada movimiento. Queremos vivir en una existencia acolchada donde nada nos sorprenda y donde cada problema tenga un protocolo. Pero la realidad nunca termina de someterse del todo a nuestros cálculos.
Basta un diagnóstico médico, una llamada de madrugada o una noticia inesperada para que se desmoronen las certezas cuidadosamente construidas. Entonces descubrimos algo elemental: no somos dueños absolutos de nuestra historia. Hay acontecimientos que no elegimos, accidentes que no prevenimos y pérdidas que no sabemos explicar. La vulnerabilidad no es una anomalía del ser humano; es parte de su propia condición.
Resulta significativo que, en medio del debate sobre la regularización extraordinaria de personas migrantes, se solicite un “certificado de vulnerabilidad”. La expresión, en sí misma, tiene algo paradójico. Como si hubiese seres humanos blindados frente al dolor y otros especialmente expuestos. Como si la fragilidad fuese una categoría administrativa y no una verdad universal que atraviesa toda existencia humana.
Todos somos vulnerables. Lo es quien duerme en la calle y quien habita una casa confortable. Lo es quien llega en patera y quien cree tener la vida resuelta. Lo es el anciano que teme la soledad y el joven que aparenta fortaleza mientras se desmorona por dentro. La diferencia no está en poseer o no vulnerabilidad, sino en el modo en que esta se manifiesta y en los recursos que cada uno tiene para afrontarla.
Quizá el problema de nuestro tiempo no sea la fragilidad, sino el empeño enfermizo por ocultarla. Nos educamos para aparentar autosuficiencia, para no necesitar a nadie, para exhibir éxito constante. La sociedad admira la fortaleza invulnerable y mira con sospecha cualquier signo de debilidad. Sin embargo, las personas más humanas suelen ser precisamente aquellas que han aprendido a convivir con sus heridas sin convertirlas en resentimiento.
Hay algo profundamente empobrecedor en esta cultura de la seguridad absoluta. Porque quien pretende controlarlo todo termina viviendo desde el miedo. Miedo a perder, miedo a sufrir, miedo a equivocarse, miedo al otro. Y el miedo acaba endureciendo el corazón. Nos vuelve desconfiados, individualistas y obsesionados con proteger nuestro pequeño espacio de estabilidad, aunque sea a costa de ignorar el sufrimiento ajeno.
La experiencia humana más auténtica nace, muchas veces, cuando aceptamos que no podemos dominar completamente la vida. Ahí aparece la solidaridad, la compasión y la conciencia de que necesitamos unos de otros. La vulnerabilidad compartida no debería avergonzarnos; debería hermanarnos. Porque todos, tarde o temprano, terminamos necesitando una mano tendida, una palabra de consuelo o alguien que permanezca cerca cuando nuestras seguridades se rompen.
Tal vez convendría recordar, en medio de tantas exigencias burocráticas y discursos grandilocuentes, que el verdadero certificado de vulnerabilidad lo llevamos inscrito en la propia condición humana. Somos seres limitados, expuestos al dolor, al accidente y a la incertidumbre. Y quizá solo cuando aceptamos esa verdad dejamos de vivir obsesionados por el control y empezamos, sencillamente, a vivir con más humanidad.
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