Hay canciones que no envejecen porque hablan de aquello que nunca pasa de moda: la necesidad humana de amar y ser amado. En Te llegará una rosa cada día, Alberto Cortez convierte un gesto sencillo en símbolo de una verdad profunda: el amor no vive de declaraciones grandilocuentes, sino de signos cotidianos que mantienen viva la presencia del otro. Una rosa enviada cada día no es solo una flor; es una manera de decir: “sigo aquí, sigo pensando en ti, sigo eligiéndote”.
Vivimos, sin embargo, en una época paradójica. Nunca fue tan fácil conectar y nunca resultó tan difícil comprometerse. Multiplicamos contactos, pero tememos los vínculos; buscamos emociones intensas, pero desconfiamos de todo aquello que exija permanencia. Queremos amar sin renunciar a nada, sin perder libertad, sin exponernos demasiado. Y, sin embargo, el amor verdadero comienza precisamente cuando uno acepta que amar siempre implica arriesgar.
Porque amar es, en el fondo, una forma de desinstalarse. Quien ama de verdad deja de vivir exclusivamente para sí mismo. Aprende a pensar en plural. Descubre que ya no basta con preguntarse qué desea, sino también qué necesita el otro. El amor auténtico rompe el aislamiento del individuo y abre una puerta hacia una existencia compartida.
Por eso el compromiso no es una cárcel del amor, sino su madurez. Solo ama de verdad quien está dispuesto a sostener su palabra cuando la emoción inicial se atenúa, cuando aparecen las dificultades o cuando la convivencia deja ver también las sombras. Comprometerse no es encadenarse: es decidir libremente permanecer.
La llamada “ruta romántica” que este sábado recorrerá las calles de La Laguna puede ser mucho más que una actividad festiva o comercial. Puede recordarnos que el amor necesita espacios, símbolos, belleza, rituales. El ser humano no vive solo de eficacia y productividad; necesita también detenerse ante aquello que da sentido a su vida y celebrar lo que merece ser celebrado.
Pero sería ingenuo reducir el amor a la estética de lo romántico. Una cena, una flor, una canción o un paseo bajo la luna son hermosos, sí, pero insuficientes si detrás no existe la voluntad diaria de entregarse. El amor no se sostiene por la intensidad de los momentos extraordinarios, sino por la fidelidad de los gestos ordinarios.
Quizá por eso la rosa de Alberto Cortez conmueve tanto: porque no representa una pasión fugaz, sino una constancia. No habla de un ramo espectacular una vez al año, sino de una rosa cada día. El verdadero amor no necesita siempre fuegos artificiales; muchas veces basta una presencia fiel, discreta, perseverante.
Y acaso ahí reside su dimensión más alta. Porque cuando el ser humano ama de ese modo —cuando sale de sí mismo, cuando permanece, cuando se entrega sin calcular demasiado— toca una verdad que lo trasciende. Como si en el amor humano hubiera una huella de algo mayor, una llamada silenciosa hacia una plenitud que ninguna relación terrena puede colmar del todo.
Tal vez por eso seguimos creyendo en el amor, incluso después de tantas decepciones. Porque en el fondo intuimos que amar no es solo un sentimiento: es una vocación. Y que quien no se arriesga a comprometerse podrá evitar algunas heridas, sí, pero también se perderá la única aventura capaz de ensanchar verdaderamente el corazón.
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