Hay gestos pequeños que contienen un mundo entero. Una llama que pasa de una mano a otra. Un fuego que no se guarda, que no se protege como algo propio, sino que se comparte hasta multiplicarse. Así es la luz de la Pascua: no deslumbra, no se impone… se ofrece.
En esta escena, casi silenciosa, vemos más que un simple encender una vela. Vemos una transmisión. Alguien que ha recibido la luz la entrega con cuidado, con respeto, como quien sabe que no es dueño de ella. Y quien la recibe no toma solo una llama, sino un sentido: el de continuar algo que empezó antes, y que ahora le alcanza.
La luz cristiana nunca es individual. No se enciende para uno mismo, sino para iluminar el rostro del otro, para romper la oscuridad compartida. Por eso el lucernario de Pascua no es un espectáculo, es una experiencia: la certeza de que incluso en la noche más honda, basta una chispa para comenzar de nuevo.
Y quizá ahí está lo esencial: no se nos pide ser luz por nosotros mismos, sino dejar que la luz pase por nuestras manos. Sin retenerla. Sin apagarla. Simplemente… entregándola.
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