La alegría no hace ruido. No irrumpe como una conquista épica ni se exhibe como un trofeo. Más bien se desliza, silenciosa, en la trama de la vida cotidiana. Por eso suele confundirse con el entusiasmo pasajero, con la euforia de lo inmediato o con la distracción que anestesia.
Vivimos en una cultura que ha aprendido a simular la alegría. Se la asocia al consumo, a la intensidad, a la sucesión de estímulos que prometen una satisfacción inmediata. Pero lo que así se obtiene rara vez permanece: es una alegría que se agota en el instante, que necesita renovarse sin cesar para no desaparecer.
De ahí que, sin darnos cuenta, terminemos narcotizando la esperanza. Preferimos no esperar demasiado para no frustrarnos, y así rebajamos también la posibilidad de una alegría más honda. Nos protegemos del dolor, sí, pero al mismo tiempo nos cerramos a una experiencia más plena de la vida.
La alegría verdadera no es evasión. No consiste en negar la herida, ni en maquillar la dificultad. Es, más bien, la capacidad de habitar la realidad entera, también en su límite, sin perder la confianza en que hay un bien que la sostiene. Por eso puede coexistir con el sufrimiento, sin quedar anulada por él.
¿Es, entonces, la alegría una conquista o un don? Hay en ella algo que se aprende: la disposición a agradecer, a reconocer lo valioso, a reconciliarse con lo que no depende de uno. Esa actitud no es espontánea; requiere un cierto trabajo interior, una forma de mirar.
Pero hay también algo que no se conquista. La alegría, en su raíz, se recibe. Acontece cuando uno se descubre alcanzado por un bien que no ha producido. No es el resultado de un cálculo, sino el efecto de una presencia que irrumpe y transforma.
Y aquí el Evangelio introduce una novedad decisiva: la alegría no brota solo de lo que mejora, sino de lo que ha sido vencido definitivamente. La noticia de que la muerte no tiene la última palabra, de que Alguien ha atravesado la oscuridad y vive para siempre, abre un horizonte nuevo. No es una evasión espiritual, sino una certeza que sostiene incluso en medio del dolor: hay vida más allá de toda pérdida, y esa vida ya ha comenzado.
Por eso, quizá, la cuestión no es cómo hacerla permanente, como si fuera un estado que pudiéramos fijar. La alegría no es continua, pero sí puede ser fiel. Regresa, se asienta, permanece de otro modo cuando encuentra un corazón disponible.
Tal vez ahí reside su secreto más profundo: no en retenerla, sino en dejarla pasar y, al mismo tiempo, dejarse habitar por ella. Entonces, sin estridencias, sin necesidad de demostrarse, la alegría se vuelve signo de algo mayor: de que la vida, incluso en su fragilidad, sigue siendo digna de ser vivida.
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