Un objeto sencillo, casi olvidado en medio de tanta prisa. Y, sin embargo, profundamente humano.
El bastón sostiene. No hace caminar, pero acompaña el paso. No sustituye la fuerza, pero la completa. Es, en cierto modo, la humildad hecha madera: reconocer que no siempre podemos solos.
Durante siglos, el bastón ha sido también signo de autoridad. Bastones de mando, cetros, símbolos de poder. Pero quizá su significado más verdadero no está en mandar, sino en sostener. Porque la auténtica autoridad no aplasta: levanta. No impone: acompaña.
Todos, en algún momento, necesitamos un bastón. A veces visible; otras veces invisible: una palabra, una presencia, una mano tendida.
Y también nosotros estamos llamados a ser bastón para otros. A sostener sin invadir, a ayudar sin dominar, a estar sin hacer ruido.
Tal vez ahí se mida la altura de una persona: no en cuánto se mantiene en pie por sí misma, sino en cuántos puede ayudar a levantarse.
Comentarios
Publicar un comentario