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Tres días pensados para la convivencia, la imaginación y la alegría compartida… y, sin embargo, bastó el viento para recordarnos que no todo depende de nosotros. El programa ‘Érase: la Ciudad del Cuento y la Palabra’, en Los Realejos, apenas pudo desplegarse como estaba previsto. Pero quizá lo más importante no se lo llevó el viento.
Porque más allá de escenarios, disfraces o actividades, hay algo que permanece: la familia. Allí donde una madre y un padre acompañan, donde los abuelos cuentan historias, donde los niños descubren el mundo con ojos nuevos… allí se construye sociedad de verdad.
A veces hablamos de la familia como un concepto, como una idea que se defiende o se discute. Pero la familia no es una teoría. Es un lugar concreto donde uno aprende a ser persona. Donde se aprende a querer, a esperar, a compartir, a perdonar. Donde uno descubre que no está solo.
Y tal vez, en ese descubrir que no estamos solos, se insinúa también algo más grande. Como si en el amor cotidiano, en lo pequeño y lo sencillo, se abriera una ventana discreta hacia un sentido que nos trasciende.
Por eso, incluso cuando el viento obliga a suspender planes, lo esencial permanece intacto. Porque lo importante no era solo el evento… sino las manos que se daban cita, las miradas cómplices, el tiempo regalado unos a otros.
Donde hay familia, hay futuro. Y quizá también, silenciosamente, una huella de eternidad.
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