La imagen se eleva sobre los hombros de cuarenta personas. Hombres y mujeres que, en silencio, prestan sus pies para que otros vean caminar a Cristo. No es solo una escena bella: es una confesión. Porque hay algo profundamente verdadero en ese gesto de cargar juntos al Resucitado.
Estamos acostumbrados a pensar que todo termina el Viernes Santo. Que el dolor, la muerte, el silencio del sepulcro marcan el final del relato. Pero no. La Semana Santa no concluye en la oscuridad, sino en la luz. Y, sin embargo, esa luz necesita ser llevada, mostrada, sostenida. No se impone: se ofrece.
El Cristo que aparece en la imagen no está derrotado. Está en pie. Señala hacia lo alto, como quien recuerda que la historia no se cierra en la tierra. Su cuerpo, herido aún, habla de un dolor que no ha sido negado, pero sí transformado. Es la victoria serena, sin estridencias, sin violencia, sin necesidad de imponerse.
Y, sin embargo, no camina solo. Necesita pies prestados. Cuarenta personas que se convierten en soporte, en camino, en entrega concreta. Es una imagen profundamente evangélica: Dios cuenta con lo humano para hacerse visible. El Resucitado sigue avanzando por las calles, pero lo hace sostenido por quienes creen.
Hay algo especialmente significativo en que sean hombres y mujeres. No hay distinción en ese esfuerzo compartido. La fe, cuando es verdadera, no excluye: convoca. Y la tarea de llevar esperanza no es privilegio de unos pocos, sino responsabilidad de todos. Cada hombro cuenta. Cada paso suma.
Quizá esa sea una de las claves más olvidadas: la Resurrección no es un espectáculo que se contempla, sino un acontecimiento que se participa. No basta con admirar la imagen; hay que implicarse en el camino. Ser costalero, en el fondo, es una forma de vida: cargar con lo que no es propio para que otros puedan ver más alto.
En nuestras vidas también hay viernes santos: momentos de oscuridad, de pérdida, de desconcierto. Pero la fe cristiana no se detiene ahí. Nos empuja a seguir, a esperar, a creer que algo nuevo puede nacer incluso cuando todo parece terminado. Y entonces, como esos cuarenta, somos llamados a sostener la esperanza, a no dejar que caiga.
El Resucitado sigue pasando. No solo en las calles de La Laguna, sino en la historia cotidiana de cada uno. Y sigue necesitando pies que lo lleven, manos que lo sostengan, corazones que no se cansen de creer. Porque la fe, cuando es vivida, se hace visible.
La Semana Santa no acaba el Viernes Santo. Continúa en cada gesto que levanta, en cada vida que se entrega, en cada comunidad que camina unida. Quizá ahí esté el verdadero sentido de esta imagen: recordarnos que la Resurrección no es el final de un relato, sino el comienzo de una misión. Y que todos, de algún modo, estamos llamados a prestarle nuestros pies a Dios.
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