Hay escenas que, sin pretenderlo, contienen una enseñanza entera. Dos niños, revestidos para la liturgia, inclinan su atención sobre un gesto pequeño: encender un carboncillo. Nada espectacular, nada solemne en apariencia. Y, sin embargo, ahí comienza algo que después será signo de oración, de ofrenda, de misterio.
Están preparando el incensario. Ese objeto que, en la celebración, se convertirá en lenguaje: humo que asciende, perfume que envuelve, gesto que señala lo invisible. Pero ahora, antes de todo eso, es casi un juego. Un fuego que prende, una mano que acerca, una mirada que se concentra.
Y ahí aparece una verdad que a menudo olvidamos: lo serio puede ser también un juego en un alma inocente. No porque se trivialice, sino porque no se ha endurecido. El niño no separa radicalmente lo importante de lo cotidiano; no ha aprendido aún a revestirlo todo de gravedad excesiva. Y, sin embargo, lo respeta.
En ellos no hay ironía ni distancia. Hay atención. Hay cuidado. Hay una forma de estar que no necesita solemnidad para reconocer que lo que tienen entre manos importa. El carboncillo no es aún símbolo, pero ya es preparación de un símbolo. Y eso basta.
Tal vez por eso conmueve la escena. Porque revela una relación con lo sagrado que no pasa por la rigidez, sino por la familiaridad. No se trata de banalizar, sino de habitar. De saber que lo que será elevado comienza en lo sencillo, en lo que se toca, en lo que se enciende.
Los adultos, en cambio, hemos aprendido a separar demasiado. Lo serio se vuelve pesado, lo sagrado se vuelve distante, y el gesto pierde su frescura. Nos cuesta entender que lo profundo no necesita siempre solemnidad, y que lo esencial puede comenzar en una chispa casi doméstica.
Sin embargo, la liturgia misma parece desmentirnos. Está hecha de cosas pequeñas: pan, vino, fuego, incienso. Nada extraordinario en sí mismo, y, sin embargo, todo capaz de ser elevado. Como si lo grande no necesitara imponerse, sino simplemente ser acogido.
En esos dos niños hay, sin saberlo, una pedagogía entera. Nos enseñan que la iniciación en lo sagrado no pasa solo por aprender normas, sino por aprender a mirar, a tocar, a hacer con sentido. Y que esa forma de aprender tiene algo de juego, pero un juego serio, comprometido, lleno de verdad.
Quizá, al final, esa sea la lección más honda: que solo quien no ha perdido la capacidad de asombro puede entrar de verdad en el misterio. Y que, a veces, para comprender lo sagrado, no hace falta hacerse más solemne… sino más sencillo.
Comentarios
Publicar un comentario