En San Cristóbal de La Laguna, donde las piedras guardan memoria y las calles saben de siglos, vuelve a asomar la Cruz en la víspera de su día. No como un símbolo lejano o abstracto, sino como una presencia concreta que se alza en balcones, plazas y esquinas, vestida de flores y de pueblo. Hay en esta tradición una forma de decir que lo esencial no pasa, que permanece latiendo en lo sencillo.
La Cruz no llega como un recuerdo arqueológico, sino como una llamada. En medio del ruido contemporáneo, de las urgencias que nos dispersan, aparece de nuevo como signo de una verdad que no se impone, pero que tampoco desaparece. Está ahí, como quien espera sin forzar, como quien sabe que el corazón humano, tarde o temprano, se detiene ante lo que duele y lo que salva.
Hay quien podría pensar que todo esto es folclore, una estética más entre tantas. Pero la Cruz no se deja reducir a ornamento. En su desnudez original, antes de las flores, fue escándalo y contradicción. Y quizá por eso mismo el pueblo la adorna: no para ocultar su dureza, sino para responder a ella con belleza, como si intuyera que el sufrimiento, cuando es amado, puede transformarse.
Ahora la Cruz se nos pone delante sin excusas. No en teoría, sino en la vida concreta: en las heridas que no elegimos, en las pérdidas que no entendemos, en los silencios que pesan más que las palabras. Cada uno reconoce la suya, aunque no la nombre. Y ahí, en ese reconocimiento, comienza algo nuevo: no la huida, sino la posibilidad de sentido.
Porque la Cruz no es solo dolor; es también dirección. Marca un camino que no siempre coincide con el éxito, ni con la lógica del mundo. Es una orientación distinta: la de quien aprende a darse, a sostener, a permanecer incluso cuando todo invita a retirarse. No es fácil, pero tampoco es inútil. Hay en ese gesto una fecundidad que no se mide a corto plazo.
La víspera tiene siempre algo de promesa. Como si el tiempo se abriera un poco más para permitirnos mirar de otra manera. Este sábado no es solo antesala de una fiesta, sino oportunidad de detenernos. Tal vez de preguntarnos qué hacemos con nuestras cruces: si las negamos, si las cargamos solos, o si aprendemos a mirarlas con una luz distinta.
En la tradición cristiana, la Cruz no queda en sí misma. Está atravesada por una esperanza que no se ve a primera vista, pero que transforma su significado. No elimina el dolor, pero lo transfigura. No borra la herida, pero la convierte en lugar de encuentro. Por eso no es un símbolo de derrota, sino de un amor que ha llegado hasta el extremo.
Y sin embargo, esta afirmación no es automática. Exige una mirada, una disposición interior. Nadie entra en el misterio de la Cruz por obligación. Es un camino que se abre cuando uno deja de huir de lo que le constituye. Cuando acepta que la vida no se controla del todo, y que precisamente ahí puede aparecer algo más grande.
La Cruz, ahora, no es la de ayer ni la de otros. Es la que nos toca vivir en este tiempo concreto, con sus luces y sus sombras. En una sociedad que busca evitar el sufrimiento a toda costa, este signo se vuelve incómodo, incluso provocador. Pero quizá por eso mismo es más necesario: porque recuerda que no todo se resuelve eliminando lo difícil.
En Canarias, donde la primavera se mezcla con la memoria, el Día de la Cruz sigue siendo más que una costumbre. Es un gesto colectivo que señala una verdad íntima. Entre flores y silencios, entre lo visible y lo profundo, se nos ofrece de nuevo la posibilidad de mirar la vida con otros ojos.
Ahora la Cruz. No como una carga impuesta, sino como un lugar donde puede nacer algo verdadero. No como final, sino como paso. No como signo de derrota, sino como umbral. Y quizá, si nos detenemos lo suficiente, descubramos que no estamos solos al cargarla, y que en su sombra —inesperadamente— comienza la luz.
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