«¿QUÉ VERDAD? OTRA TENTACIÓN A DISCERNIR»


En los Ejercicios Espirituales de 2026 predicados ante el Papa León XIV, los cardenales residentes en Roma y los responsables de la Curia Romana, el obispo Erik Varden volvió sobre una pregunta que atraviesa nuestro tiempo con urgencia renovada: «¿Qué es la verdad?». No la planteó como un ejercicio académico, sino como una interpelación existencial dirigida a hombres y mujeres que viven entre la prisa, el desconcierto y el miedo. 

La pregunta no es cínica. Muchas personas la formulan con sincera buena voluntad, aun en medio de la confusión. Precisamente por eso no puede quedar sin respuesta. Dispersar nuestras energías en tentaciones banales —el temor paralizante, la vanagloria que busca aplauso, la ambición que compite— nos debilita ante lo esencial. Necesitamos nuestras mejores fuerzas para sostener una verdad sustancial y liberadora frente a sus sucedáneos brillantes y engañosos. 

Vivimos en una época rica en oportunidades, pero también saturada de relatos parciales. Por eso, señalaba el obispo de Trondheim, resulta imperativo mirar y expresar el mundo a la luz de Cristo. No como fórmula retórica, sino como horizonte real de comprensión. Cristo, que es la verdad, no se limita a protegernos de la mentira: nos renueva y desea manifestarse a través de nosotros en una creación que experimenta su propia fragilidad. 

Aquí surge otra tentación: pensar que, para ser escuchados, debemos seguir sin reservas las modas culturales del momento. La estrategia parece eficaz, pero es dudosa. La Iglesia —cuerpo paciente y milenario— siempre corre el riesgo de parecer lenta o desfasada cuando intenta imitar lo efímero. Lo que gana en apariencia puede perderlo en profundidad. 

Sin embargo, cuando habla con su propio lenguaje —el de las Escrituras, la liturgia, la tradición viva de sus padres y madres, de sus poetas y santos— descubre una sorprendente frescura. Lejos de ser un peso muerto, esa memoria constituye su fuente de originalidad. Desde ahí puede expresar verdades antiguas con palabras nuevas y, como ya ocurrió en otros momentos históricos, ofrecer orientación a la cultura en lugar de dejarse arrastrar por ella. 

Esta tarea posee una dimensión intelectual ineludible. Requiere pensamiento riguroso, diálogo honesto y capacidad crítica. La fe no teme a la razón; al contrario, la convoca. En tiempos de simplificaciones ideológicas y consignas rápidas, articular la verdad con claridad se convierte en un servicio público. 

Pero existe también una dimensión existencial aún más elocuente. El testimonio personal sostiene lo que el discurso propone. Lo expresó con fuerza el cardenal Alfredo Ildefonso Schuster en su lecho de muerte: puede que muchos ya no se dejen convencer por la predicación, pero ante la santidad todavía creen, todavía se arrodillan y oran. La credibilidad última de la verdad pasa por vidas transformadas. 

La propuesta, entonces, no es replegarse ni diluirse, sino vivir de tal modo que la verdad resulte visible. Resistir la tentación de la superficialidad, sostener con serenidad lo esencial y dejar que la coherencia personal hable. En un mundo saturado de palabras, la verdad necesita testigos. Y esa es, quizá, la tarea más urgente y más fecunda 

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