PILATOS SE LAVA LAS MANOS


En la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, dentro del Vía Crucis pintado por el artista tinerfeño Hugo Pitti, hay una escena que resulta inquietantemente actual. Es la primera estación: la sentencia de Jesús. Pilato aparece lavándose las manos. No empuña arma alguna. Simplemente deja correr el agua mientras el inocente queda entregado. 

Durante este tiempo de Cuaresma quisiera detenerme en algunas de estas imágenes del Vía Crucis de Hugo Pitti y compartir aquí una breve reflexión a partir de ellas. El arte, cuando se deja mirar con calma, tiene la capacidad de abrir preguntas profundas. No solo recuerda una historia; también la vuelve contemporánea. 

La escena evangélica es conocida. El gobernador romano reconoce que no encuentra culpa en Jesús, pero tampoco quiere enfrentarse a la presión de la multitud. Y entonces toma una decisión que, en realidad, es una renuncia a decidir: se lava las manos. El gesto parece pequeño, casi administrativo. Pero en ese gesto cabe una de las formas más antiguas de la injusticia: la del poder que se desentiende. 

En la obra de Pitti, el agua cae sobre una vasija verdosa mientras alrededor se arremolina la gente. Las figuras estilizadas, casi geométricas, parecen mirar sin mirar. Hay movimiento, pero también una sensación de distancia. Como si todos participaran y, al mismo tiempo, nadie quisiera asumir responsabilidad. 

Ese es el drama de Pilato, y quizá también el nuestro. A lo largo de la historia no siempre triunfa la injusticia por la fuerza de los malvados, sino por la comodidad de quienes podrían impedirla y prefieren apartarse. La prevaricación del juez no es solo dictar una sentencia injusta; también es refugiarse en la neutralidad cuando la verdad exige valentía. 

Por eso la escena del Evangelio sigue siendo incómoda. Porque Pilato no aparece como un monstruo. Aparece como un hombre que sabe lo que ocurre, pero calcula las consecuencias de enfrentarse a ello. Y en ese cálculo pierde la justicia. 

El arte religioso tiene esa capacidad: hacer visible lo que el tiempo podría volver costumbre. Este Vía Crucis lagunero no es solo memoria de un episodio del pasado; es también un espejo. Nos obliga a preguntarnos cuántas veces la historia se repite cuando la conciencia se vuelve prudente en exceso. 

Quizá por eso el agua de Pilato sigue corriendo en la historia. Cada vez que alguien prefiere la tranquilidad de no implicarse antes que la incomodidad de la justicia, el gesto se repite. El Evangelio lo cuenta en una página antigua; el arte lo vuelve visible hoy. Y la pregunta queda abierta para cada uno: ¿qué hacemos cuando la verdad nos pide que no nos lavemos las manos?

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